Estudio de la SEP revela que quienes estudian humanidades tienen más probabilidades de terminar como vigilante o chofer

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Cuatro de cada diez profesionistas en México trabaja en una actividad que no está ligada a la carrera que estudió; pero quienes terminan buscando un ingreso como taxista o vigilante son los antropólogos, etnólogos, arqueólogos, historiadores, geógrafos, geólogos, agrónomos o ingenieros químicos industriales.

De acuerdo con datos de la Secretaría de Educación Pública (SEP), hasta el último trimestre de 2009, 37 por ciento de los mexicanos que cuentan con estudios superiores trabaja en ocupaciones no profesionales, fenómeno que se acentúa ligeramente entre las mujeres.

El subsecretario de Educación Superior, Rodolfo Tuirán, explicó que ante la crisis económica, que el año pasado dejó sin empleo a más de 400 mil profesionistas, algunos se vieron obligados a obtener un ingreso como operador de transporte o en tareas de protección y vigilancia.

El funcionario detalló que la falta de oportunidades de empleo, sobre todo en áreas donde no hay mucha oferta, ha ocasionado que algunos profesionistas se inserten en actividades no profesionales y que no exigen calificación alguna para su desempeño.

Tras un análisis de la situación de los profesionistas y el mercado laboral de los últimos tres meses de 2009, la subsecretaría de Educación Superior detectó que 14 por ciento de los antropólogos, arqueólogos y etnólogos laboran de taxistas o guardias de seguridad.

Lo mismo ocurre con 11 por ciento de los historiadores; 10 por ciento de los ingenieros en topografía, hidrografía y geología; y cinco por ciento de los ingenieros químicos, industriales y de alimentos.

En contraste, los profesionistas que menos recurren a esta ocupación son los químicos farmacéuticos, enfermeras, doctores, físicos, músicos, ingenieros metalúrgicos o egresado de turismo, nutrición y danza.

En cuestión de género, las mujeres están en mayor desventaja. Mientras que 38.5 de las universitarias se emplean en oficios ajenos a su formación, dicho porcentaje se reduce a 34.6 por ciento entre los varones.

Con base en este cuadro comparativo de la proporción de profesionistas por carrera que se emplean como operadores de transporte o vigilantes, revela que las áreas sociales ligadas al estudio del hombre y de su entorno son las que más complicaciones tienen para insertarse en el mercado laboral.

En consecuencia, son los universitarios que más se ocupan como operadores de taxi, microbús o vigilantes debido a que no tienen otra opción.

Así, un egresado de Antropología, Etnología, Arqueología, Historia o Ingeniería Química corre mayor riesgo de no ejercer su profesión y de ocuparse como operador de transporte o guardia de seguridad.

En otras palabras, son las carreras que más taxistas y vigilantes preparan durante cuatro años de educación superior.

Ante esta situación, no es extraño que en nuestro país una persona sin estudios o que no terminó la primaria tenga más oportunidades de encontrar un empleo que un profesionista.

Datos de la misma SEP, muestran que en México la tasa de desempleo abierto de la población sin estudios o con primaria incompleta es menor a la de la población que estudió una licenciatura o ingeniería.

En el último trimestre del año pasado, la tasa de desocupación general en el país fue de 6.2 por ciento; mientras que para los profesionistas fue de 5.7 por ciento.

En cambio, esta desocupación fue menos grave para las personas que no tienen estudios, ya que el desempleo en este sector fue de 2.7 por ciento, y para los que no concluyeron la secundaria la posibilidad de estar desempleada se redujo a cinco por ciento.

Fuente: http://www.dossierpolitico.com/vernoticiasanteriores.php?ar2596&relacion=dossierpolitico

Yacasi

Cartel Presentación Revista ArKeopáticos impresa

Revista ArKeopáticos/Textos sobre arqueología y patrimonio. Año 1 Número 02 [invierno 2013] México.

Reflexiones sobre el INAH de Luis Alberto López Wario

Lopez Wario

Luis Alberto López Wario*

México, D. F. 7 de febrero de 2013

A LA COMUNIDAD DEL INAH:

Hace poco más de 74 años que se fundó el Instituto Nacional de Antropología e Historia, con una visión que privilegió el contendido social de su misión; a casi tres cuartos de siglo sus objetivos y fundamentos nacionales siguen vigentes, a pesar de los embates que ha sufrido esta noble institución.

En ese sentido, es que queda de manifiesto que no es con base en la labor de una sola persona y de su equipo de trabajo como se lograrán las ineludibles reformas que le resultan impostergables al INAH y que conduzcan por ende obtener su anhelada consolidación; es una labor necesariamente plural y que mire en beneficio de la colectividad nacional e institucional.

Es muy compleja y crítica la situación social mundial, nacional e institucional que se vive. En ese ámbito, el INAH puede aportar en la comprensión y mejora de las condiciones sociales; por ello, su participación reflexiva resulta ya inaplazable.

Aún sus detractores consideran que el INAH tiene valiosas facultades, que es poseedor de brillantes pasajes en su historia de investigación, protección, salvaguarda y difusión del patrimonio arqueológico, antropológico e histórico nacional, que cuenta con recursos, principalmente los humanos, de alta calidad y que tiene normas fundamentales que posibilitan su actuar.

Ante esto, tenemos el reto colectivo de definir tanto las prioridades como el impulsar los programas académicos y el establecer los criterios necesarios que hagan posible afrontar los retos que esta convulsa realidad nos ha impuesto. El INAH cuenta con los argumentos y experiencia necesarios para crear con base en principios líneas de trabajo muy bien definidas.

Es el tiempo del INAH y de su obra, no es el tiempo de la diatriba ni de la desconfianza; como personal de una valiosa institución debemos y podemos superar las descalificaciones a priori.

Lo que se requiere no es el apoyo a alguien en particular sino a esta noble institución que ha soportado incluso pésimas administraciones, las que fueron carentes de calidad académica y moral, ausentes del rumbo social y que incluso resultaron en exceso soberbias y dispendiosas.

Tal situación nos obliga a mantener la autocrítica institucional y personal, cumpliendo nuestros propios compromisos pues independientemente de quien sea el titular del INAH es nuestra responsabilidad individual y colectiva el realizar nuestras encomiendas de manera cotidiana, mirando siempre por el bien social e institucional, antes que el beneficio personal o de grupo.

Podemos otorgar el beneficio de la loable esperanza que generó el regreso del etnólogo Sergio Raúl Arroyo García a la Dirección General del INAH para poder discutir sus propuestas de trabajo, solicitando la definición explícita de principios y estrategias fundamentales en el orden académico, técnico y legal, con los que se intente y finalmente ojalá se logre recuperar el rumbo social de la institución.

*Investigador del INAH adscrito a la Dirección de Salvamento Arqueológico

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Fuente: RMA [http://remarq.ning.com/]