DE LA CASA #173: LA CUESTIÓN OLMECA: NUEVOS DATOS E HIPÓTESIS, VIEJAS CONTROVERSIAS / DMG.

Por Daniel Martínez González

Una de las cuestiones fundamentales para la arqueología del sureste de Mesoamérica y para la mejor comprensión del devenir histórico de las sociedades prehispánicas tempranas es el asunto relativo a la llamada cultura olmeca. Desde el descubrimiento arqueológico de esta civilización, una de las más prematuras y complejas en la historia del México antiguo (Cyphers 2018) y el continente amerindio), ha sido denominada de las más distintas maneras: cultura madre, imperio, estilo artístico, estado primitivo o prístino, entre algunas otras; sin que exista consenso aún entre lxs estudiosos mesoamericanistas acerca de su aplicación (Soustelle 1992; Lowe 1998; González Lauck 2014) y sin que dichas designaciones se correspondan adecuadamente a la complejidad del fenómeno sociohistórico que ocupa estas breves notas.

En este orden de ideas, el objetivo de este apunte es explorar de manera general el estado de la cuestión acerca de la antigua civilización del trópico húmedo en las Tierras Bajas de la costa del Golfo denominada olmeca, la cual fue reconocida proto-arqueológicamente hacia el último tercio del siglo xix y que desde entonces ha causado enigma y asombro entre la comunidad académica dedicada al estudio de la historia de los pueblos indígenas de la América Precolombina y el público interesado en las culturas mesoamericanas. Atendiendo a este propósito, se han estructurado las notas en cuatro breves apartados. En el primero se presentan las definiciones y categorías utilizadas a lo largo de estas líneas y se expone igualmente la problemática acerca de la identificación etnolingüística de esta civilización milenaria, la cual sabemos habitó la (sub)área cultural de la costa del Golfo durante la última fase del periodo Formativo Temprano y la totalidad del Formativo Medio, etapa que va del 1800 a.n.e al 400 d.n.e aproximadamente.

La segunda sección se ocupa, brevemente, de la historia de las ideas sobre “lo olmeca” mientras en la tercera se enumeran algunas características de esta cultura arqueológica mesoamericana, la cual es muestra de un modelo temprano de sociedad sumamente desarrollada y compleja definida como civilización, tanto en el contexto mesoamericano como en el marco arqueológico continental. El epílogo de este apunte está compuesto por una serie sucinta de reflexiones y consideraciones finales, las cuales, tratando sobre un tema tan controversial como intrigante, bien sabemos no serán del todo concluyentes sino más bien acercamientos generales a este pueblo ancestral de la Mesoamérica “preclásica” (Haberland 1995: 23-40).  

¿Cultura, cacicazgo o civilización olmeca?

Aquí se transcriben las definiciones básicas de algunos términos emanado de las ciencias antropológicas utilizados por lxs arqueólogos para determinar el nivel de complejidad sociocultural y las características estructurales y culturales de las sociedades humanas tempranas de la antigüedad, entre estos conceptos tales como:

Cultura: Conjunto de manifestaciones en el que se expresa la vida tradicional de un pueblo, las cuales incluyen los modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico e industrial propios de una época, espacio o grupo social (véase p. ej. A. Kroeber y C. Kluckhohn 1952).

Cacicazgo: Tipo de sociedad la cual tiende a la centralización en una figura política que carece de fuerza y apoyo de tipo institucional, por lo que recurre al parentesco para continuar en dicho posicionamiento y para lo cual se ayuda además del prestigio político, de la ideología y la religión. Desde un punto de vista evolucionista el cacicazgo es parte de una secuencia histórica, se ubica antes del Estado y después de la agrupación básica de las pequeñas comunidades, la formación tribal (Sarmiento 2014: 250).  Con este término se ha calificado a algunas sociedades africanas, polinesias, melanesias, así como a ciertos pueblos mesoamericanos (Sanders y Price 1968).

Civilización: Estructura sociopolítica elaborada sumamente integrada la cual incluye todos los rasgos materiales y funcionales de la vida urbana. Si bien bajo el paradigma evolucionista esta palabra ha sido interpretada como aquel estadio cultural propio de las sociedades humanas más avanzadas por el nivel de su ciencia, artes, ideas y costumbres, aquí entenderemos y aplicaremos este término a todo aquel complejo cultural que conjugue las célebres diez normas enunciadas hacia 1950 por el arqueólogo de origen australiano Gordon V. Childe (aunque la carencia de una o más de alguna de estas características no descarta necesariamente la condición civilizada):

1. Las clases gobernantes, los funcionarios públicos, los dirigentes militares y otros especialistas, por ejemplo, los artesanos, eran mantenidos por medio de un excedente en la producción agrícola.

2. Las ciudades cuentan con clases especializadas por ocupación y eran más variadas en su composición y funciones que cualquier aldea.

3. La organización social pasó a basarse en gran medida en la residencia, ya no exclusivamente en el parentesco, y a cambio de la seguridad de ese arreglo, los artesanos aceptaron un estatus social más bajo. Para cimentar la fidelidad a los centros urbanos surgió la solidaridad ideológica mediante un sistema religioso incipiente.

4. Surgieron artistas especializados que dieron al arte nuevas direcciones, las cuales condujeron al desarrollo de cánones estéticos.

5. La arquitectura verdaderamente monumental estaba concentrada en las ciudades.

6. Las ciudades son mayores y están más densamente pobladas que los asentamientos previos.

7. Las ciudades eran mantenidas por un impuesto o diezmo pagado a un rey divino o a una deidad imaginaria residente en el centro urbano.

8. La importación de materias primas se pagaba con una parte del excedente social.

9. Los sistemas de escritura y contabilidad numérica fueron desarrollados para contabilizar el excedente.

10. Estos sistemas de registro condujeron a una mayor elaboración para su uso en ciencias exacta y predictivas, y ulteriormente el desarrollo de calendarios.[1]

Ahora bien, dado que aquí estamos tratando con una sociedad protohistórica de hace poco más de 3000 años, ¿cómo (re)conocer la complejidad sociohistórica y/o las distintas manifestaciones culturales de este pueblo antiguo? Necesariamente, y ante la escasez de testimonios escritos hoy legibles o ya descifrados, tenemos que inferir estas cuestiones -y otros aspectos- a través de los restos materiales dejados por la cultura arqueológica olmeca, entre los que se incluyen la arquitectura y la escultura monumental (cabezas colosales, tronos, altares, estelas), el trabajo lapidario de gran cantidad de objetos de jade y otras piedras semipreciosas, la cerámica y un sistema de signos y/o representación gráfica inscrito en todos estos soportes duros (Lowe 1998: 100).

Pero, y, antes que nada, ¿qué significa esta palabra que da nombre un equipo de béisbol tabasqueño lo mismo que a numerosos productos y razones sociales? Olmeca es un gentilicio derivado de la palabra nahua olman, la cual significa “donde está el hule” (Jiménez Moreno 1995: 82) y corresponde geográficamente a la parte meridional del actual estado de Veracruz y la región occidental de Tabasco, lugares de la vertiente del Golfo en donde se producía dicha resina en tiempos precoloniales (Wendt 2007). Desde la época precolombina este término fue utilizado para designar a distintos grupos étnicos, lingüísticos y culturales que ocuparon dicha área a través de los siglos, y fue con esta misma palabra con la que ciertos investigadores comenzaron a referirse a algunos objetos procedentes de dicho espacio de la órbita mesoamericana los cuales mostraban un nuevo estilo artístico e iconográfico original y distinto al de otras sociedades contemporáneas a la llamada “Mesoamérica olmeca” (Lowe 1998: 100-103).

Sin embargo, hasta el momento no existe evidencia contundente de que el pueblo al que pertenecen tales restos materiales y vestigios arqueológicos fuese el mismo o alguno de los cuales habitaron el área de Veracruz y Tabasco en la era prehispánica; razón por la cual un grupo de investigadores mexicanos congregados en torno a la Sociedad Mexicana de Antropología (1942), prefirieron la designación de cultura de La Venta para referirse al grupo social el cual, presuntamente, había edificado tales centros urbanos y producido estos objetos de un estilo artístico y epigráfico plenamente diferenciable a lo hasta entonces conocido en la macro-área cultural mesoamericana. No obstante, en la literatura arqueológica especializada y también en la memoria histórica popular, la palabra olmeca sigue siendo utilizada para aludir a esta civilización amerindia, razón por la cual aquí se mantiene su uso, teniendo en cuenta, no obstante, la problemática histórica que este gentilicio anacrónico conlleva.

Brevísima historia de la cuestión olmeca[2]

La historia -e historiografía- de esta interesante aventura olmeca comienza hacia 1862, año en el que un explorador de nombre José María Melgar y Serrano fue notificado del hallazgo de un colosal monolito pétreo en forma de cabeza humana en un lugar llamado Hueyapan, ahora conocido como Tres Zapotes, Veracruz (Taladoire 2010: 21). En artículos que publicaría años después en el Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, Melgar (1869, 1871) atribuye rasgos fenotípicos “etíopes-negroides” a la cabeza colosal descubierta, con lo cual plantea que la manufactura de ésta puede ser atribuida a pueblos de raza negra, los cuales migraron al continente americano en “las primeras edades del mundo” (Melgar apud Taladoire 2010: 22; Soustelle 1992: 17).

A este primer hallazgo fortuito y sus primeros resultados publicados siguieron algunas opiniones de estudiosos tales como el polígrafo mexicano Alfredo Chavero, el sabio prusiano Eduard Seler y el mineralista estadunidense George F. Kunz, los cuales comparando objetos lapidarios y/o tallados procedentes de distintos museos y colecciones privadas en México, Estados Unidos y algunos puntos de Europa, comenzaron a reconocer un estilo artístico y sígnico hasta entonces desconocido y poco estudiado que ya había sido asociado por Marshall Saville a la zona de los Tuxtlas y regiones adyacentes en Veracruz (región donde fue encontrada dicha primera cabeza colosal) y el cual George Vaillant había relacionado con materiales tempranos del centro de México (González Lauck 2014: 366).

Figura 1. Monumento A de Tres Zapotes, antes Hueyapan, Ver., en el reporte de Melgar de 1869 (grabado tomado de https://arqueologiamexicana.mx/mexico-antiguo/melgar-fuzier-y-la-cabeza-olmeca-de-hueyapan-veracruz, reprografía del autor).

En marzo de 1925, el arqueólogo danés Frans Blom, acompañado de su colega norteamericano Oliver La Farge, exploraron distintos puntos de la zona de los Tuxtlas y la región limítrofe entre Veracruz y Tabasco, donde encontraron numerosos monumentos pétreos de dimensiones considerables, así como los indicios de un basamento piramidal en el sitio de La Venta, Tabasco, cuya factura atribuyeron a algún pueblo mayance. Los resultados de las exploraciones de Blom y La Farge (1926) llamaron la atención de otros estudiosos como Herman Beyer, quien empleó en 1927, quizá por primera vez, la palabra olmeca para aludir al estilo artístico y las semejanzas compartidas por los objetos olmecas hasta entonces conocidos (De la Fuente 2008: 28-29). No obstante, es a partir de 1938 cuando comenzaron los proyectos arqueológicos serios en torno a la zona olmeca a cargo del etnólogo y arqueólogo estadounidense Matthew Stirling adscrito al Smithsonian Institute y con el patrocinio de la National Geographic Society. Durante los siguientes años Stirling y su equipo desvelaron una gran cantidad de esculturas pétreas monumentales, diversos objetos de piedras verdes dedicados como ofrendas, además de abundante material cerámico en sitios como San Lorenzo, La Venta, Cerro de las Mesas y Tres Zapotes, todos estos ubicados en la zona costera de los estados de Veracruz y Tabasco (González Lauck 2014: 367).

La revelación de estos restos materiales, así como de los complejos urbanos localizados en estos asentamientos, plantearon problemáticas importantes acerca de la cronología y el panorama histórico de los pueblos indígenas mesoamericanos y exigieron la revisión de las teorías arqueológicas que fundamentaban la explicación y surgimiento de la(s) civilización(es) en la antigua Mesoamérica. De esta suerte, la cuestión olmeca irrumpió sustancialmente en la profundidad temporal de las distintas civilizaciones amerindias y cuáles eran las relaciones -si es que existieron- de éstas con la cultura que comenzaba a aparecer en la costa mexicana del Golfo (p. ej. Piña Chan 1971; Lowe 1989; Coe 1989; Triadan e Inomata et al. 2013). Con el objetivo de “cambiar impresiones y poner a contribución los conocimientos…en torno a la llamada cultura de los olmecas…” (Jiménez Moreno 1992: 73) y ante la apremiante necesidad de situarla histórica y cronológicamente se efectuó la Segunda Reunión de Mesa Redonda de la SMA en 1942, llevada a cabo en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, con el tema de “Mayas y Olmecas” y en la cual participaron estudiosos de la talla de Alfonso Caso, Miguel Covarrubias, W. Jiménez Moreno y el connotado (y vilipendiado) mayista inglés J. Eric S. Thompson, entre otros, quienes se confrontaron a la tarea de definir y delimitar la extensión del complejo cultural olmeca (SMA, 1942).

En esta intensa reunión se acordó, mediante la confrontación de las fuentes etnohistóricas disponibles con la información aportada por la arqueología, la lingüística y la etnología, que el pueblo amerindio que construyó los complejos urbanos reconocidos en lo que vino en llamarse el área nuclear olmeca (véase mapa de la Fig. 2) no permite la identificación precisa de esta sociedad con los olmecas de la tradición tardía de la que hablan ciertas fuentes escritas muy posteriores, de la época del contacto hispano-indígena, y que ésta, “la cultura olmeca o de La Venta”, era una civilización “clásica, de gran finura, que implicó siglos de preparación o formación y que influyó esencialmente en las culturas posteriores” (Caso apud Jiménez Moreno 1995: 78); inaugurando de esta manera la idea de ver a la olmeca como la cultura madre de las civilizaciones mesoamericanas ulteriores, premisa pregonada casi mecánicamente desde la educación básica en las escuelas mexicanas y repetida aún en las aulas universitaria de nuestro país.

A partir de la segunda mitad del siglo xx aumentaron las excavaciones arqueológicas (si bien incompletas) y las incursiones científicas de instituciones extranjeras y nacionales, tanto en los sitios ya citados como otros de la “zona nuclear olmeca”, es decir, de la región en la cual se han encontrado los ejemplos de escultura monumental de estilo inconfundiblemente olmeca (Cyphers 2018). A este conjunto de exploraciones se sumaron métodos como el fechamiento por radiocarbono y la exploración radiométrica para una correcta ubicación del momento histórico de esta civilización de entre los ríos y las llanuras inundables de la planicie del Golfo. Mediante estas técnicas, además de la conformación de secuencias cerámicas, se ha establecido que el pueblo (o quizá debiésemos decir pueblos) que edificó las urbes de San Lorenzo y La Venta, los dos principales asentamientos de esta cultura, ocupó éstos -y otros sitios- durante el primer milenio y medio antes de nuestra era (González Lauck 2004: 386).

Durante los últimos treinta años del siglo pasado y las décadas del presente milenio, la indagación sobre esta enigmática civilización ha proseguido. Como resultado de esta persistencia se ha acrecentado la base de datos e información y, por ende, el conocimiento relativo a esta sociedad mesoamericana se ha incrementado; pero, de la misma manera, nuevas dudas e incertidumbres se han presentado ante lxs estudiosos del pasado precolombino y la Mesoamérica olmeca (Uriarte y González Lauck 2008a, 2008b). Sin embargo, y aunque nuestro conocimiento sea imperfecto, hoy día es posible conformar una imagen plausible de este pueblo y su cultura, así como del vertiginoso proceso que lo llevó a destacar en el contexto mesoamericano del periodo Formativo Medio.

Figura 2. Mapa del área nuclear olmeca (imagen tomada de https://es.m.wikipedia.org/wiki/Archivo:%C3%81rea_Nuclear_Olmeca.png, reprografía del autor).

Características generales de la civilización olmeca

Temporalidad: A decir del arqueólogo y mayista Michael D. Coe (1989: 205-207), la historia de esta civilización puede dividirse en dos grandes etapas. La primera, llamada horizonte de San Lorenzo por la preeminencia de este centro urbano en la zona nuclear, comprende el periodo que va del 1200 al 900 a.n.e; mientras que el segundo horizonte, el de La Venta, abarcaría del 900 al 400 después de Cristo, época en la cual, muy probablemente, este fue el sitio más prominente de toda Mesoamérica (Haberland 1995: 34-35).

Espacio: La cultura arqueológica olmeca ocupó la zona delimitada al este por la laguna de Alvarado, en Veracruz, al oeste por la barra de Tupilco en Tabasco y al norte por el golfo de México, y se extendía al interior de la planicie costera cerca de 100 kilómetros. La mayor parte de esta región no rebasa los 100 msnm, con excepción del macizo montañoso conocido como Los Tuxtlas, el cual tiene una altura poco menor a los 500 metros y el cual divide las cuencas principales de esta zona: la del río Coatzacoalcos al este y la del río Papaloapan al oeste. A través de esta área se extiende una amplia red hidrológica conformada por ríos y arroyos, así como lagunas costeras, pantanos y manglares (Cyphers 2018; González Lauck 2014: 380-381); en esta área se han localizado poco menos de cincuenta sitios de filiación olmeca, la mayor parte de estos en el estado de Veracruz (Soustelle 1992: 38).

Filiación etnolingüística: Una de las problemáticas más complejas y arduas para el conocimiento de la civilización olmeca es determinar quiénes eran, étnicamente, los miembros de esta sociedad y qué lengua hablaban. Si bien en un principio se planteó la posibilidad de que esta civilización haya pertenecido a algún grupo mayance, la propuesta actual, basada en la glotocronología, sugiere que la llamada cultura olmeca estaba formada “por dos o más grupos étnicos distintos que hablaron diferentes lenguas mixe-zoques” (Wichmann et al. 2008: 667), los cuales si bien compartieron el mismo tipo de ambiente ecológico y los sistemas de subsistencia también se diferenciaron por algunos rasgos culturales, principalmente arquitectónicos. Así, los rasgos específicos y algunos de los atributos definitorios de esta cultura arqueológica pueden dividirse en dos grupos, el material arqueológico, y el funcional inferencial.

Materiales-arqueológicos

a) Arquitectura monumental hecha de tierra y arcillas coloreadas. Estas estructuras monumentales se disponían en un patrón lineal, desconocido hasta entonces en toda Mesoamérica. Este patrón de asentamiento puede observarse en urbes como San Lorenzo, La Venta y Laguna de los Cerros (Coe 1989: 213).

b) Estilo artístico. La tradición artística olmeca ha sido denominada un estilo homocéntrico, esto que el ser humano es el tema principal en la expresión plástica más profesada por la civilización olmeca: la escultura monumental (De la Fuente 1981: 86).  Las propiedades formales de ésta son el delicado manejo del volumen, un refinado sentido de la proporción además de la simplificación de las estructuras y sus detalles (González Lauck 2014: 389).

c) Manifestaciones artísticas. La sociedad olmeca cultivó, hasta donde sabemos, dos expresiones plásticas, la escultura (en piedra y madera) y el trabajo lapidario del jade, la jadeíta, la serpentinita y la hematita; en estas se conjugan el bajorrelieve además del esgrafiado para los objetos de rocas semipreciosas (Harlow 1995).

d) Sistema calendárico y escriturario. Para ciertos estudiosos de la(s) escritura(s) mesoamericana(s), ésta, junto con el sistema calendárico, fue inventada por los olmecas y de la zona nuclear fue llevada a distintas (sub)áreas culturales de la América Media, como los valles de Oaxaca y el área maya. Si bien esta hipótesis es discutible, y rebasa los límites de estas notas, la investigación y evidencia actual sobre la cultura visual olmeca (arte e iconografía) conviene en señalar a ésta como el sistema gráfico del cual emergieron los signos que formarían parte del repertorio y/o signario venidero del cual echaron mano los primeros escribas olmecas (y epi-olmecas). En esta línea de pensamiento, las conclusiones derivadas de las “teorías y modelos actuales sobre el desarrollo de la escritura […] sugieren que la transición crítica desde la iconografía hacia la escritura involucraba la extracción de elementos icónicos de un marco de referencia pictórico y su recontextualización subsecuente dentro de las estructuras salientes de un sistema de escritura” reflejante de la estructura de la lengua (Englehardt et al. 2017: 350; Justeson 1986: 437-440; sobre esto véase igualmente Martínez González 2020: 79-82).

e) Entierros suntuosos y elaborados para una minoría de la población. En el área nuclear olmeca se han documentado prácticas mortuorias de este tipo en cuatro sitios: La Venta, San Lorenzo, El Manatí y Loma del Zapote. Aunque el estado de los huesos hallados es pésimo, junto a estos fragmentos se han encontrado ofrendas consistentes en distintos objetos de jade, pelotas de hule y bustos humanos hechos de madera, por ejemplo, en el sitio de El Manatí (Villamar Becerril 2007: 55).

g) Si bien todas estas características pueden encontrarse aislada o simultáneamente combinadas, es únicamente en los centros urbanos más grandes, San Lorenzo y La Venta, donde pueden hallarse las expresiones más intensas de todos estos rasgos brevemente descritos.

Figura 3.  Ejemplos de textos y/o composiciones escriturarias olmecas (¿u olmecoides?): a) celta Humboldt, b) celta olmeca, c) celta de Tlatenco, d) placa de Ahuelican (imágenes tomadas de Arqueología Mexicana y mesoweb.com, reprografía del autor).

Funcionales-inferenciales

a) Estructura social piramidal, centrada en o encabezada por una élite hereditaria, que incluía una serie de prerrogativas, especialidades ocupacionales y de oficio probablemente estratificadas. Muchas de las especialidades más complejas estaban planeadas para responder a las necesidades de la clase superior.

b) Expresiones arquitectónicas de élite y/o estatus social relativo el cual puede vislumbrarse entre los vestigios y las construcciones de los centros urbanos:

• Templos como centros rituales de unidad de parentesco.

• Templos como lugar de entierro de antepasados divinizados.

• Palacios como sedes administrativas, residencias de élite e instalaciones de almacenamiento comunales.

• Juegos de pelota como focos de un juego de importancia ritual y social centrada en la élite.

c) Residencia, por lo menos en algunas ciudades, de poblaciones ubicadas permanentemente en o junto a estos centros urbanos; por ejemplo, La Venta y su población calculada en 18,000 habitantes (Haberland 1995: 35).

d) La creación de poblaciones rurales permanentes de gran densidad, por lo menos hacia el periodo Formativo Medio, por medio de técnicas agrícolas intensivas, de mano de obra de cultivo, riego, drenaje de las partes bajas y almacenamiento de agua (Cyphers 2018). La aplicación de estas técnicas y de la organización de la población para dichas tareas era una función de la élite.

e) Estructura política basada en el control de una región por un gran centro y sus centros subordinados menores mediante arreglos de parentesco y matrimonio de la élite. La vinculación política de distintas regiones se lograba por estos mismos medios o a través de la guerra. Sobre todas estas características y otras tantas cuestiones interesantísimas véanse los estudios de los volúmenes coordinados por Uriarte y González Lauck 2008a, 2008b, una de las grandes obras de síntesis de la cuestión olmeca de nuestros días.

Figura 4. Altar 4 de La Venta, Tab., que representa a un personaje sedente a las fauces del monstruo de la tierra (fotografía tomada https://twitter.com/libretanegramx/status/1410263735466352646?lang=bg, reprografía del autor).

Por supuesto estos dos grupos de rasgos -y otros muchos elementos- están estrechamente relacionados. El primero de ellos, conformado por los distintos indicadores arqueológicos, permite inferir el segundo conjunto de características, las cuales, por otra parte, evidencian diversos patrones culturales significativos que permiten delinear, aunque sea algunas de las grandes líneas, del milenario desarrollo histórico de esta civilización de las planicies costeras del Golfo. Dicho con otras palabras, rasgos específicos como la arquitectura monumental o la escultura asociada a ésta, el trabajo lapidario de piedras alóctonas y la existencia de entierros suntuosos, indican aspectos de suma relevancia para la explicación del fenómeno sociocultural olmeca del horizonte Formativo Medio. La totalidad de los sucintos indicadores arqueológicos aquí aducidos permite identificar por ejemplo la especialización del trabajo como la diferenciación social, elementos propios de las jefaturas, estadio cultural resultado a su vez del aumento poblacional, el incremento de la producción agrícola, así como de la implementación de tecnologías agrícolas y el comercio a larga distancia, además de la competencia económica entre distintas zonas ecológicas; factores todos estos que, como han propuesto Sanders y Price (1968: 115-138) y otrxs varios, permitieron transcurridos algunos siglos el desarrollo y cristalización de la civilización en la planicie costera del Golfo en torno al periodo de 1800-1200 al 400 antes de nuestra era.

Algunas consideraciones finales

A lo largo de estas notas se ha hecho un brevísimo recuento general sobre la cuestión olmeca. Se esbozaron los orígenes de este campo de estudio en la arqueología de tradición mesoamericanista y se mencionó el trascendental impacto que tuvo la aparición de esta cultura arqueológica en el panorama histórico y la cronología desarrollados para la explicación y devenir de diversas civilizaciones prehispánicas. Sin embargo, puede decirse que a poco más de 150 años del reconocimiento arqueológico de la civilización olmeca, esta cultura mantiene mucho de su enigma. Aunque se ha avanzado en materia de acopio de información procedente de múltiples excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en la zona nuclear olmeca (y otros sitios como Chalcatzingo, en Morelos o Teopantecuanitlán, en el estado de Guerrero), o de las importantes aportaciones llevadas a cabo por las y los olmequistas nacionales y extranjeros durante los últimos 50 años, la cultura olmeca sigue siendo prácticamente una sociedad (re)conocida sólo entre estudiosos y/o especialistas.

En otro orden de ideas, me parece indudable que el pueblo olmeca del Formativo Temprano y Medio alcanzó tal punto de cohesión y complejidad social que bien podríamos calificarlo como una civilización; no obstante, el proceso o fenómeno(s) sociohistórico(s) que llevaron a la sociedad olmeca a descollar en el contexto mesoamericano de la transición del segundo al primer milenio a.n.e aún no es del todo claro; mucho menos las transformaciones ocurridas que llevaron al colapso de esta civilización temprana de la América indígena precolombina. Ciertamente el campo de la investigación sobre la cuestión o fenómeno olmeca es extenso, una temática de gran significación sociohistórica en la reconstrucción del devenir histórico del periodo Formativo mesoamericano y un asunto que requiere, indispensablemente, del trabajo interdisciplinario en el que, historiadores, arqueólogos, antropólogos, lingüistas, epigrafistas e iconografistas, geógrafos, paleobotánicos, entre otrxs, aportemos los fundamentos y las técnicas propias de cada campo científico con el objetivo último de desvelar algo del misterio o enigma que se cierne sobre este pueblo ancestral de Mesoamérica; un pueblo, en buena medida hoy día, olvidado, y del cual apenas comienzan a revelarse algunos de sus misterios de entre los pantanos y las selvas.

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Wichmann, Søren, Dmitri Beliaev y Albert Davletshin (2008), “Posibles correlaciones lingüísticas y arqueológicas vinculadas con los olmecas”, en María Teresa Uriarte y Rebeca González Lauck (eds.), Olmeca: balance y perspectivas. Memoria de la primera mesa redonda, v. II, México, UNAM-CONACULTA-INAH-Fundación Arqueológica del Nuevo Mundo, pp. 685-694, vía

https://www.researchgate.net/publication/312534674_Possibles_correlaciones_linguisticas_y_arqueologicas_vinculadas_con_los_olmecas.


[1] Aunque todo parece indicar que los sistemas de escritura mesoamericanos fueron desarrollados con un fin distinto al de la contabilización, el de la legitimación política, al respecto véase, por ejemplo, Joyce Marcus, Mesoamerican writing systems: Propaganda, Myth, and Hystory in Four Ancient Civilizations, New Jersey, Princeton University Press, 1992.

[2] La información de este apartado está basada básicamente en los recuentos hechos por Jacques Soustelle, Los Olmecas, México, FCE, 1992, pp. 17-37 y Rebeca González Lauck, “La zona del Golfo en el Preclásico: la etapa olmeca”, en Linda Manzanilla y Leonardo López Luján (coords.), Historia antigua de México, vol. I: El México Antiguo, sus áreas culturales, los orígenes y el horizonte Preclásico, México, IIA-UNAM-Conaculta-INAH-Miguel Ángel Porrúa, 1994, pp. 382-386.


Sobre el autor: Texcoco, Estado de México, 1988. Historiador por la Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa y la Facultad de Estudios Superiores Acatlán de la Universidad Nacional Autónoma de México. Actualmente estudia la maestría en Historia en el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS), unidad Peninsular. Ponente, tallerista y profesor freelance.


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