La arqueología, una pasión femenina.

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Por Sabina Rosas

Las mujeres que encontraron el Gran Tzompantli de Tenochtitlán investigan, excavan, interpretan y, además, 
echan pala y empujan la carretilla con tierra sobrante.

Esencialmente se puede decir que la arqueología es un trabajo para hombres. Sin embargo, al desarrollo de esta disciplina también han asistido mujeres que desde el siglo XIX desafían las convenciones sociales para realizar el pesado trabajo de campo. Vestir de pantalones, dirigir a peones y pasar largas temporadas aisladas en lugares inhóspitos han sido algunos de los principales retos.

Desde que la arqueología mexicana comenzó a dar sus primeros pasos durante el Porfiriato, las mujeres incursionaron en ella, informa la investigadora Paloma Estrada, autora de un exhaustivo estudio sobre la participación femenina en el desarrollo de esta ciencia, titulado Las mujeres en la arqueología mexicana 1876-2006.

La investigadora documenta que durante el siglo XIX y principios del XX comenzaba la exploración de algunos de los más importantes sitios monumentales y otros se descubrían como: Teotihuacan, en el Estado de México; Xochicalco, en Morelos; Tajín en Veracruz; Monte Albán, en Oaxaca; Palenque, en Chiapas, y Chichén Itzá, en Yucatán. En todos ellos, las mujeres desempeñaron diversas funciones, desde hacer recorridos de superficie, dibujos, croquis hasta excavaciones.

“Expedicionarias, viajeras y visionarias, así fueron las primeras mujeres que incursionaron en la arqueología mexicana y trabajaron bajo las mismas condiciones laborales que los hombres: recorrían largas distancias a pie o caballo y dormían en los campamentos”, indica Paloma Estrada.

Realizar tales actividades en el siglo XIX y aun hasta los años 50 del XX era un verdadero desafío.

Expedicionarias, viajeras 
y visionarias

Beatriz Barba Ahuactzin es la primera mujer mexicana hija de padres mexicanos con título de arqueóloga, y que obtuvo en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH). Narra que su primer desafío cuando estudiaba en la ENAH fue ponerse pantalones. Era el comienzo de los años 50 y entonces no había tallas para mujer. Ideó comprar de niño y arreglarlos ella misma para que le quedaran. Sus padres enfurecían al verla vestida como hombre para asistir a las prácticas de campo los fines de semana. Los regaños se repetían cada ocho días, hasta que se cansaron.

Hoy Beatriz Barba es profesora emérita del INAH. Fundó en 1965, con Julio César Olivé, el Museo Nacional de las Culturas. Su vida personal la hizo al lado de Román Piña Chán, uno de los arqueólogos de más prestigio que ha tenido México. Comparte que cuando sus hijos estaban pequeños, él la ayudaba a cuidarlos mientras ella cumplía con largas temporadas de campo; recuerda con cariño que cuando regresaba a casa llena de tierra y lodo, encontraba a Piña Chán oliendo a talco de bebé.

Lorena Mirambell también estudió arqueología en la ENAH, a finales de los 50. Cuenta que entonces las mujeres que pretendían dedicarse a esta carrera no eran muy bien vistas por la sociedad, pues había que vivir por un tiempo prolongado en los campamentos con los obreros y los arqueólogos; no obstante, las mujeres ya nos estábamos emancipando, dice riendo.

Ella, en lo personal, no tuvo grandes obstáculos para estudiar arqueología porque sus padres estuvieron de acuerdo. Cuenta que como responsable de los trabajos de campo, al principio era difícil que los peones la obedecieran, porque ellos estaban acostumbrados a mandar a las mujeres, era una cuestión cultural; sin embargo, “el primer sábado que les entregué la paga, las cosas cambiaron”, recuerda.

Lorena Mirambell es especialista en prehistoria; estudió análisis de lítica en Francia, al lado de uno de los mejores prehistoriadores de ese país: François Bordes (1919-1981). Excavó en importantes sitios con los vestigios más antiguos de población humana en México, entre ellos El Cedral, en San Luis Potosí.

Un caso especial es el de Beatriz Braniff (1921-2012), nacida de una de las familias de más abolengo durante el Porfiriato. Los Braniff eran dueños de los aviones, y ella renunció a todo por buscar el conocimiento. Decía que los esquemas estaban hechos para romperse y reinventarse. Aficionada a las carreras de autos, tenía su propio deportivo rojo y practicaba equitación en el club Chapultepec.

Su destreza con los caballos le permitió cruzar el noroeste de México, sierras y desiertos para estudiar las culturas que se asentaron en la Gran Chichimeca. Beatriz Braniff es la arqueóloga del norte de México, la valiente que se aventuró a explorar los vestigios que dejaron aquellos pueblos que por mucho tiempo se consideraron bárbaros. Sus estudios son referencia obligada para los investigadores de esa región del país.

La brecha que abrieron en la arqueología esta generación de mujeres de los años 50 y 60 del siglo XX se ha ensanchado. La participación femenina en esta tarea es cada día más amplia y cada vez es mayor el número de mujeres que se inscriben en la carrera de arqueología en la ENAH. Hoy sobre el terreno arqueológico hay muchos nombres femeninos por destacar, como Nelly Robles en Monte Albán, Oaxaca; Martha Cuevas en Palenque, Chiapas; Laura Solar en El Teúl, Zacatecas o Elisa Villalpando en Trincheras, Sonora.

Una de las recientes aportaciones del trabajo femenino llevó al descubrimiento del Huey Tzompantli del Templo Mayor. Un equipo de cinco arqueólogas, todas entre los 30 y 35 años, quienes con cucharilla y brocha en mano alumbraron este descubrimiento, considerado uno de los más importantes del recinto ceremonial mexica en los últimos años.

El Huey Tzompantli, excavado por mujeres

Raúl Barrera Rodríguez es el arqueólogo responsable del Proyecto de Arqueología Urbana, es decir, de las excavaciones en las manzanas que rodean la zona arqueológica del Templo Mayor mexica, en la ciudad de México. Dice que le agrada integrar equipos de exploración con muchachas porque son muy confiables, responsables y trabajadoras.

En el predio de Guatemala 24, la arqueóloga Lorena Vázquez Vallín es la jefa de campo y con ella trabajan cuatro mujeres más: Sandra Ramírez Barrera, Ingrid Trejo Rosas y Janette Linares Fuentes, quienes están en las excavaciones, y Moramay Estrada Vázquez, en el registro de materiales. Fueron ellas las heroínas del Gran Tzompantli de Tenochtitlán, revelado al público hace unos meses por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).

La exploración comenzó en enero de este año, y después de largas faenas que sólo recompensaban mostrando restos de pisos prehispánicos, a un mes de terminar la temporada descubrieron una plataforma que cambiaría el curso de la excavación.

Lorena Vázquez grita: “Topé con un muro”. Ingrid Trejo replica: “Acá hay algo”. La misma Ingrid relata: “Primero pensamos que era una escalinata, Raúl Barrera revisó y dijo: ‘Es una plataforma. Vamos a buscarla’. Entonces comienza Sandra a excavar y nos damos cuenta de que efectivamente se trata de una plataforma; tuvimos que trabajar a marchas forzadas, turnos extra, porque el tiempo se nos agotaba y los recursos programados para la temporada también se estaban acabando”.

Lorena Vázquez, la jefa de campo, está parada dentro del pozo de la excavación, 2 metros bajo la superficie del suelo, enfundada en unos jeans y una playera, tratando de sacar la tierra suelta que quedó tras la liberación de los edificios prehispánicos.

“Aquí no hay arqueólogas que se queden en la parte de arriba a ver cómo trabajan los peones. Aquí hay gente que se mete a trabajar, que excava y saca tierra con la pala, no sólo con cucharillas y brocha, porque sabe que es necesario y lo puede hacer”, enfatiza Lorena Vázquez.

Ingrid Trejo platica que las últimas semanas trabajaron arduamente porque al término de la temporada se quedaron con cuatro de los nueve peones que tenían. “El tiempo para terminar era limitado, entonces las cinco empezamos a excavar, nos turnábamos para tomar las herramientas, jalar los pesados botes de tierra y mover la carretilla”, comenta.

La jefa de campo continúa: “Hubo días en que estuvimos hasta las 7 de la noche cargando cubetas llenas de piedras, normalmente trabajamos de 8 de la mañana a 3 de la tarde, pero ésa es la razón por la que los trabajadores nos respeten tanto: ven que hacemos lo mismo que ellos”.

Femeninas en un ámbito masculino

Pese a la rudeza del trabajo, su feminidad no cede un ápice; al contrario, parece que le aporta frescura y oxígeno a un ámbito aún mayoritariamente masculino. De repente, estas universitarias se vuelven niñas y narran con una mezcla de complicidad y temor la mítica historia de una mujer de blanco con vestimentas virreinales que se pasea por los pisos superiores de la casona de Guatemala 24. Unas dicen haberla visto por el rabillo del ojo cruzar de una habitación a otra; algunas aseguran haberla oído silbar, y otra más escéptica dice que es probable que sea producto de tantas horas metidas en esa finca del México colonial. Pero todas, por si acaso, se acompañan por la noche, se hacen plática y compañía para ahuyentar al fantasma y poder continuar la excavación.

Pero el trabajo no es sólo físico, la propia Lorena Vázquez lo explica: “Hay que saber buscar. Encuentras un muro, pero cómo lo sigues, hay que saber dónde está su esquina, su superficie. No basta con encontrarlo, hay que continuarlo”.

Cuando las arqueólogas llegan a una excavación ya revisaron documentos, planos, fuentes históricas y tienen una idea de qué buscar, de qué pueden encontrar. Deben leer, estudiar mucho para interpretar lo que queda al descubierto cuando quitan la tierra.

Janette Linares viste formal, lleva su cabello negro adornado con un broche, los labios rojos y el delineador grueso en el borde de las pestañas. Su joven rostro está enmarcado por un par de pendientes en forma de calaverita. “A Jane le gustan mucho los cráneos y escalar la montaña”, dice Lorena Vázquez. “Y ella encontró los primeros restos óseos asociados al Tzompantli. Su pozo de excavación estaba a sólo 10 centímetros de la plataforma, fue uno de los primeros que hicimos y nada, habían salido sólo fragmentos de cráneos”, agrega Vázquez.

Janette Linares dice: “A veces tenemos un poco de problemas con la familia o con la pareja porque nos apasionamos demasiado. Hay que explicarles que en momentos la arqueología requiere tiempo completo, si estás en excavación y sale un entierro, pues hay que avisar que no voy a llegar. La arqueología es nuestra pasión y aquí estamos, apostando todo por ella”.

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Fuente: El Economista. http://eleconomista.com.mx/entretenimiento/2015/11/08/arqueologia-pasion-femenina

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