La identidad frente a la globalización. El patrimonio nacional y su significación para las identidades colectivas en México. Una propuesta de análisis.

Por Lizeth Azucena Cervantes Reyes

Introducción

En México contamos con una diversidad cultural que data de algunos cientos de años, concretamente desde la época de la Conquista, cuando hubo un choque cultural que trajo como consecuencia una división de identidades producto de las desigualdades sociales y diferencias étnicas que hasta la fecha aún persisten.

Nuestro país cuenta con cerca de 62 grupos indígenas que hablan su propia lengua, con una ideología particular, costumbres y tradiciones diferentes entre sí; además también podemos encontrar diversos grupos culturales provenientes de otras naciones, con diferente origen étnico y practicantes de diversas religiones. Toda esta diversidad constituye un mosaico cultural que no podemos dejar de lado, sobre todo cuando queremos hablar de Patrimonio Nacional. De acuerdo a lo anterior, surge la siguiente pregunta: ¿Podemos hablar de un Patrimonio Nacional común a todos los mexicanos?, o para ser correctos: ¿a todos los habitantes de México?

Evidentemente no hay un sólo y único patrimonio cultural, existen varios patrimonios en diferentes escalas, dependiendo del origen étnico, del nivel socioeconómico, del territorio, de la lengua, etc. Estos patrimonios particulares componen una amplia gama y diversidad, pero es indudable que también existe lo que el Estado de manera oficial ha querido imponer como Patrimonio Nacional.

Y dentro de esta construcción del patrimonio, participan una serie de especialistas que desde diferentes ámbitos y mediante la transmisión del conocimiento científico contribuyen a la valorización de patrimonio. Tal es el caso del quehacer arqueológico. Sin embargo debemos cuestionarnos sobre nuestra contribución, no sólo como investigadores de la cultura del pasado, sino también como el enlace entre las comunidades y el conocimiento de ese pasado que puede contribuir al fortalecimiento de su identidad.

Por otro lado, actualmente estamos viviendo una globalización que cada vez influye más a las naciones, imponiendo, entre otras cosas, escalas de valores universales con criterios esencialmente occidentales. Y en materia de de patrimonio cultural se puede observar de manera muy clara.

El problema es hacer frente a lo que se impone de fuera, si dentro de una nación como la mexicana no hay un reconocimiento a la pluralidad cultural y por lo tanto no se puede hablar de una Cultura Nacional, considerando que ésta es una construcción artificial e impuesta por el Estado que excluye a las minorías.

La imposición de elementos culturales y la hibridación de las culturas

La globalización impone y trata de integrar a las culturas, por lo que ante esta situación es importante tratar de contribuir a la revalorización de nuestro patrimonio desde sus diferentes escalas para la construcción, en lo posible, de una identidad compartida.

Pero para poder discutir este punto será necesario entender en primer lugar qué es la globalización y las implicaciones sociales, económicas y culturales que tiene.

La globalización se desarrolla a partir de la segunda mitad del siglo XX que con la convergencia de procesos económicos, financieros, comunicacionales y migratorios acentuó la interdependencia entre diversas sociedades, generando nuevos flujos y estructuras de interconexión supranacionales (García Canclini 2000: 2).

Es decir que la globalización comprende prácticamente todos los ámbitos de la vida de las sociedades, ya que éstas se encuentran interrelacionadas, pero movidas principalmente por intereses económicos. En lo que respecta a lo cultural, por un lado se observa una especie de mercantilización de la cultura.

“El consiguiente predominio de lo mercantil sobre lo estético, sobre los valores simbólicos y la representación identitaria implica redefiniciones de lo que se entiende por cultura y de su lugar en la sociedad. Si bien el crecimiento de las empresas privadas es decisivo, también la reorganización empresarial de las instituciones públicas –museos, salas de concierto- que pasan de ser servicios socioculturales a actividades autofinanciadas y lucrativas, obligadas a buscar clientes más que lectores y espectadores, contribuye al cambio de sentido de la producción y apreciación de la cultura” (García Canclini, 2004: 41-42).

Por otro lado se trata de homogeneizar e integrar a las culturas imponiendo un orden mundial de valores establecido por los países que controlan estos grandes mercados culturales.

Sin embargo hay que comprender a la globalización como un proceso dinámico donde hay una direccionalidad semiótica (Finol 2007), en la que objetos semióticos entran en una dirección, ya que en realidad no existe un intercambio de forma equilibrada y recíproca de una cultura a otra, generalmente una cultura dominante impone sus valores, símbolos, costumbres, lengua a otra cultura. Esta dinámica se lleva a cabo incluso al interior de un país o nación, entre los diferentes grupos culturales, de una cultura dominante hacia las minorías o cultura dominada.

García Canclini (2000) señala que dentro de este proceso de globalización ha surgido un fenómeno de hibridación de las culturas. Por lo tanto nuestro objeto de estudio tendría que enfocarse al proceso de hibridación como un aspecto particular de la globalización.

La hibridación entendida como una mezcla de rasgos de dos o más identidades que darán origen a otras nuevas, ya sea por intercambio o imposición. Una especie de mestizaje cultural donde algunos rasgos se conservan mientras otros son integrados y codificados por la nueva cultura.

Para entender este proceso, primero queremos desglosar algunos aspectos sobre la interacción de las culturas desde la perspectiva de la Semiótica de la Cultura.

Entendiendo a la cultura como un gran sistema, Iuri M. Lotman habla de que toda semiosfera[1] es dinámica, en dónde hay una constante entrada de nuevos textos que son codificados e integrados. “El texto no sólo transmite información depositada en él desde afuera, sino que también transforma mensajes y produce nuevos mensajes” (Lotman 1996: 80).

En este proceso de entrada de nuevos textos en la cultura, de imposiciones más que de intercambios, se generan una serie de significados culturales que serán compartidos por los individuos de una colectividad. Estos significados sólo serán culturales si son relativamente duraderos y estables dentro del grupo o de la sociedad (Strauss y Quin 2001 en Giménez 2009: 9). En este punto se puede hablar de un núcleo duro y una periferia[2], en donde se dan los contactos y la entrada de los no-textos[3] para después convertirse en nuevos textos y ser integrados en el sistema de la cultura. En este proceso la frontera de la semiosfera juega un papel muy importante como filtro y lugar de traducción que permite la entrada de los elementos ajenos.

Uno de los procesos más interesantes del texto, según Lotman (Ibid.) es cuando muestra “la capacidad de enriquecerse ininterrumpidamente”, así como su “capacidad de actualizar unos aspectos de la información depositada en él y de olvidar otros temporalmente o por completo”. Actúa como parte de la memoria colectiva. Porque:

Cada cultura define su paradigma de qué se debe recordar (esto es, conservar) y qué se ha de olvidar. Esto último es borrado de la memoria de la colectividad y <<es como si dejara de existir>>. Pero cambia el tiempo, el sistema de códigos culturales, y cambia el paradigma de memoria-olvido (Lotman Ibid.: 160).

Bonfil Batalla (2004: 118) también señala que la cultura es dinámica y está en permanente transformación, ya sea por factores internos o externos. Por lo tanto toda sociedad va acumulando un acervo de elementos culturales que ha hecho suyos a lo largo de la historia. Algunos de estos elementos mantienen plena vigencia como recursos para practicarlo o reproducir su vida social, en tanto que otros se han perdido u olvidado para siempre.

Como mencionamos antes, la imposición se da en todos los niveles y hablando con relación al patrimonio, una cultura dominante impondrá de manera arbitraria valores estéticos, históricos, artísticos, simbólicos y hasta económicos en torno del patrimonio cultural. Tanto a nivel de globalización, con las culturas hegemónicas o dominantes, como a nivel de cada país con los grupos dominantes que establecen y definen lo que merece ser conservado, lo que representa los valores de la cultura como un todo unificado y que debe formar parte de su memoria e identidad.

Pero en el proceso de imposición, de la entrada de nuevos textos a la cultura y de la traducción de éstos, es cuando tenemos como resultado el fenómeno de la hibridación que mencionamos antes. Porque si bien se establecen e imponen estos valores por parte de las naciones hegemónicas, también es cierto que cada cultura hará su propia traducción de estos elementos de acuerdo a sus códigos, y por lo tanto resultarán nuevos textos, distintos a los que las otras culturas trataron de imponer en un principio.

El patrimonio cultural en la construcción de la identidad y como condensador de la memoria colectiva

Memoria e identidad no pueden ser entendidos de manera separada, sobre todo si queremos discutir sobre patrimonio. Bonfil (2004: 118) define el patrimonio cultural como un “acervo de elementos culturales tangibles e intangibles que una sociedad determinada considera suyos y de los que echa mano para enfrentar sus problemas; para formular e intentar realizar sus aspiraciones y sus proyectos; para imaginar, gozar y expresarse y esto no podría ser posible sin un acervo cultural”.

Este repertorio de rasgos y elementos que se consideran propios y tienen sentido para el grupo en cuestión forman parte de la memoria colectiva. La memoria es ante todo un mecanismo de conservación de textos, y Lotman (1996: 158) además habla de que la memoria tiene dos géneros, una memoria informativa y una memoria creativa. En la primera se condensa información y es sincrónica, mientras que la parte creativa es pancrónica, donde se están creando nuevos textos que además son generadores de sentido. Lo interesante es ver que para Lotman (ob.cit.) la memoria no es pasiva, ya que los nuevos textos son creados no sólo en el presente de la cultura, sino también del pasado, es decir, conserva lo pretérito como algo que está.

la memoria no es para la cultura un depósito pasivo, sino que constituye una parte de su mecanismo formador de textos (Lotman ob.cit.: 161).

La memoria es parte fundamental en la construcción de la identidad, y ésta al igual que la memoria es dinámica, ambas están creando nuevos textos de manera constante. Para ello, la identidad necesita del enfrentamiento con el otro, en donde un grupo o colectividad pueda diferenciarse y reconocerse a sí misma. La identidad es un fenómeno de contraste que se da en relación con la alteridad, “un fenómeno de naturaleza sociológica y, por lo mismo, de un carácter intrínsecamente relacional y relativo, resultado del complejo de relaciones tanto del yo consigo mismo, como de éste con el otro en sus múltiples y cambiantes planos de interacción” (Alejos ob.cit.: 56).

Tanto la memoria como la identidad pueden ser colectivas o individuales. Nuestro punto de interés se centra en las identidades colectivas, que tienen “la capacidad de diferenciarse de su entorno, de definir sus propios límites, de situarse en el interior de un campo y de mantener en el tiempo sentido de tal diferencia y delimitación, es decir, de tener un <duración temporal>” (Sciolla 1983 en Giménez 2009:17).

Las identidades colectivas pues, tendrían una memoria común, compartida por todo el grupo, y por lo tanto llamada memoria colectiva. Este tipo de memoria según Giménez (2009) puede dividirse a su vez en varios tipos: genealógica, de los orígenes (etnicidad), generacional, regional y épica nacional.

El patrimonio cultural es entonces la materialización de la identidad de un grupo con una memoria compartida ya que asumiría ser heredera de un patrimonio que considera propio y representativo de su identidad. Bonfil (1995: 408) señala al respecto que “el patrimonio cultural no es una colección aleatoria de bienes aislados que se selecciona según determinados criterios… es un repertorio articulado de elementos de diversa naturaleza, que adquiere sentido por su organización con base en un matriz cultural específica.” Esta matriz de la que habla Bonfil estaría conformada por la memoria de grupo o cultura.

La arqueología en la construcción del patrimonio cultural en México

Se habla de que en el caso de América Latina, en países que se caracterizan por tener una población multicultural, como sucede en México, existe claramente una división en dos grandes grupos: “los que hablan el castellano y poseen la cultura dominante a través de cualquiera de sus subculturas (urbana dominante, urbana popular, rural) y los que hablan lenguas indígenas y pertenecen a culturas a medias, subalternas y dominadas.” (Montoya 1999).

La realidad es que no se reconocen plenamente los diversos patrimonios culturales de las minorías, éstos siguen teniendo un papel secundario. De manera contradictoria se exalta la grandiosidad de un pasado indígena en época prehispánica; pero para los indígenas actuales, sus prácticas culturales y sus símbolos, no hay ese mismo reconocimiento.

Hay una selección de los bienes patrimoniales por parte de grupos hegemónicos, que deciden lo que se ha de conservar y lo que se supuestamente nos representa como nación. Pero en esta selección existen intereses mercantiles, y estos bienes también son utilizados como símbolos de prestigio para legitimarse.

En realidad el patrimonio cultural “sirve como recurso para reproducir las diferencias entre los grupos sociales y la hegemonía de quienes logran un acceso preferente a la producción y distribución de los bienes.” (García Canclini 1999: 18).

Es innegable que en México contamos con una pluralidad cultural conformada por diversos grupos sociales, etnias y culturas. Cada uno cuenta con un patrimonio cultural que ellos mismos han elegido como representativo de su identidad y de su historia, no siempre reconocido por el Estado o los grupos dominantes, pero que los distingue de los demás, de los otros. Así mismo existe un patrimonio “nacional”, el cual supuestamente nos representa a todos los habitantes de la nación, pero que ha sido definido por unos cuantos y que en realidad no nos identifica a la mayoría. Este patrimonio entra en un discurso oficial impuesto y transmitido a través de diversos medios, principalmente los programas de educación y ceremonias cívicas que tratan de exaltar símbolos, valores y la unidad nacional, pero que en su discurso:

…no se reconocen rupturas históricas, conflictos o contradicciones entre clases sociales y grupos culturales existentes en una nación diversa y heterogénea como la nuestra; de allí que tampoco se conciba que existan conflictos en torno a la conformación y cuidado del llamado patrimonio cultural; con el agregado de que se manejan como equivalentes el concepto de cultura y el de patrimonio cultural, aunque con la precisión de que éste último pertenece a la nación (Delgado 2008: 33).

Esta imposición llevada a cabo sistemáticamente por el Estado es lo que algunos autores (Bourdieu et al. 1996, Pross 1980) llamaron violencia simbólica, que se entiende como el poder de imponer la vigencia de significados por medio de simbolizaciones, con la intención de la que personas se identifiquen con esos significados. Y es por medio de distintos campos como el educativo, el cultural y el científico, en que el Estado establece los símbolos “oficiales”, como si éstos pertenecieran a todos.

En México, el Estado es quien se encarga de la protección, la conservación, y la investigación del patrimonio arqueológico e histórico. Hablando en particular del patrimonio arqueológico, se presentan varias problemáticas. Es una realidad que el patrimonio arqueológico es una fuente de divisas, aunque en teoría la arqueología no tiene fines de lucro. Y uno de los problemas es lo que respecta a “la propiedad y la protección, de la capacidad que tiene el país para aprovechar su arqueología  en función de su potencial para el desarrollo económico regional, basado principalmente en el turismo” (Litvak 1980: 52). En realidad quiénes se benefician del turismo arqueológico cuando supuestamente es, ante todo, patrimonio nacional.

Otra problemática es sobre la valoración que las comunidades hacen de su patrimonio arqueológico. Queda claro que el patrimonio es una construcción social, no existe como tal por sí mismo, los grupos sociales son quienes les dan significado. En este sentido nos encontramos con que los bienes arqueológicos son valorados desde una idea nacionalista creada por el Estado, que de alguna manera se ha tratado de legitimar mediante varias instancias como son la instituciones educativas, culturales y artísticas. Pero en realidad estos valores y significados no han alcanzado a llegar al sistema cultural de algunos grupos o simplemente hay grupos que han sido excluidos del discurso “oficial” y por lo tanto lo desconocen, no lo perciben como propio, como herencia o como parte de su pasado.

Lo cierto es que se han sobrevalorado los objetos arqueológicos como depositarios de los más altos valores históricos y simbólicos que supuestamente son compartidos por la sociedad mexicana en su totalidad. A raíz de la institucionalización del patrimonio arqueológico con la creación del Instituto Nacional de Antropología e Historia como responsable de la custodia y divulgación del patrimonio, se excluyó a cualquier otro grupo social de su administración y gestión (Delgado 2008: 33).

Es por lo anterior, que los arqueólogos debiéramos tener una mayor participación, más allá del papel de científicos y de investigación, también de educadores. De alguna manera somos el vínculo entre la sociedad y el Estado, quienes generamos parte del conocimiento del pasado a partir de lo que estudiamos. Desde la perspectiva de la “arqueología pública” se plantean prácticas educativas que generen preguntas en la gente que a su vez promueva una nueva perspectiva del pasado.

“Esta situación redefiniría el rol del arqueólogo como un intelectual crítico, posicionado desde un lugar alternativo, radical y con la misión no sólo de investigar sino de traspasar los muros de la academia para comprometerse socialmente y generar conciencia respecto de la importancia del pasado, por ejemplo, en la construcción de identidades sociales” (Conforti 2010: 110).

Nuestra tarea no consistiría en imponer, si no en construir en conjunto con la sociedad y los diferentes grupos que la integran, los elementos para conformar un patrimonio cultural, o revalorarlo como un componente de la identidad colectiva, mediante la difusión y la divulgación. Generar conocimiento socialmente útil y al alcance de toda la gente. Dejar a un lado la especialización y tecnicismo de nuestro “lenguaje” para llevarlo más allá del ámbito académico, simplificando la información generada de nuestras investigaciones para que pueda ser transmitida a un público más amplio.

No se trata de intervenir en la vida de los pueblos y las comunidades, ya que como hemos señalado, las culturas son dinámicas y están en constante cambio y transformación con textos provenientes de afuera. Se trata asumir nuevos retos y compromisos, vincularnos directamente con los diferentes grupos de la sociedad y así, contribuir a la revaloración del patrimonio arqueológico.

Consideraciones finales

La cultura occidental se ha tratado de imponer como una cultura universal, desarrollando esquemas interpretativos y escalas de valores para aplicarlo al patrimonio de culturas no occidentales, con la intención ideológica de conformar y legitimar un patrimonio universal (Pérez Ruíz en Delgado 2008: 36). Y en México esos valores han permeado en la cultura dominante, pero de alguna manera codificados de acuerdo a los intereses de las clases hegemónicas.

La globalización es un fenómeno que ha permeado en todas las capas de la vida de las sociedades en los últimos 50 años. El mayor reto para las naciones más vulnerables es tratar de conservar todos esos elementos que conforman su identidad y su patrimonio cultural frente a la imposición de los intereses de los países hegemónicos.

Pero el problema real está al interior de países como México, donde persisten las diferencias y desigualdades culturales. El reconocimiento a la diversidad cultural nos permitiría tener una sociedad menos dividida frente a la imposición de valores, a la mercantilización de la cultura y a la destrucción del patrimonio.

En la medida en que nuestro estudio y promoción del patrimonio asuma los conflictos que lo acompañan, puede contribuir al afianzamiento de la nación, pero ya no como algo abstracto, sino como lo que une y cohesiona en un proyecto histórico solidario a los grupos sociales preocupados por la forma en que habitan su espacio y conquistan su calidad de vida (García Canclini 1999).

En el reconocimiento del otro están las diferencias pero también las coincidencias, y más que dividir se pueden encontrar puntos de acuerdo y elementos compartidos. El patrimonio cultural puede ser un elemento de cohesión pero respetando la diversidad frente a la nación y frente al mundo globalizado. Nuestra labor como investigadores de la cultura y del pasado será contribuir a la construcción de un patrimonio común donde se incluyan a las identidades colectivas que conforman a la nación mexicana.

Bibliografía

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Bonfil Batalla, Guillermo (1995). Identidad nacional y patrimonio cultural: los conflictos ocultos y las convergencias posibles. En Lina Odena Güemes (Selec. Y Comp.), Obras escogidas de Guillermo Bonfil (397 – 408). México: INAH-CONACULTA.

Bonfil Batalla, Guillermo (2004). Pensar nuestra cultura. Nuestro patrimonio cultural: un laberinto de significados. Diálogos en la acción, primera etapa, 117-134.

Bourdieu, Pierre y Passeron, Jean-Claude (1996). La reproducción. Elementos para una teoría del sistema de enseñanza (2 ed.). México: Fontamara.

Conforti, María Eugenia (2010). Educación no formal y patrimonio arqueológico. Su articulación y conceptualización. Intersecciones en Antropología, 11, 103-114.

Delgado Rubio, Jaime (2008). Zona arqueológica de Teotihuacán: problemas y conflictos en torno a su conservación e investigación. Tesis. México: UNAM.

Finol, José Enrique (2007). Globalización y cultura: estrategias simbólicas y vida cotidiana. Entretextos. Revista Electrónica Semestral de Estudios Semióticos de la Cultura, nº 10, mayo, ISSN 1696-7356. <http://www.ugr.es/~mcaceres/entretextos/entre10/finol.pdf&gt;

García Canclini, Néstor (1999). Los usos sociales del Patrimonio Cultural. En Encarnación Aguilar Criado (Coord.). Patrimonio Etnológico. Nuevas perspectivas de estudio (16-33). España: Consejería de Cultura. Junta de Andalucía.

García Canclini, Néstor (2000). La Globalización: Productora de cultura híbridas? Actas del III Congreso Latinoamericano de la Asociación Internacional para el Estudio de la Música Popular, 1-18. <http:/www.hist.puc.cl/historia/iaspmla.html>

Giménez, Gilberto (2009). Cultura, Identidad y Memoria. Frontera Norte, Vol. 21, Nº 41, Enero – Junio, 7 – 31.

Litvak, Jaime (1980). Algunos conceptos sobre el problema de la acción legal en el arqueología mexicana. En Jaime Litvak, L. González y M. González (Edit.), Arqueología y derecho en México (47-54). México: UNAM.

Lotman, Iuri M. (1996). La Semiosfera I. Semiótica de la cultura y del texto. Madrid: Cátedra.

Lotman, Iuri M. (1998). La Semiosfera II. Semiótica de la cultura, del texto, de la conducta y del espacio. Madrid: Cátedra.

Montoya, Rodrigo (1999). Historia, Memoria y Olvido en los Andes Quechuas”. Revista de Sociología (Lima), 11-12.

<http://sisbib.unmsm.edu.pe/bibvirtual/publicaciones/sociologia/vol11/sociovol11.htm&gt;

Pross, Harry (1980). Estructura simbólica del poder. Barcelona: Gustavo Gili. (Versión original 1974).


[1] Semiosfera en palabras de Lotman (1996: 22-24) es el espacio semiótico fuera el cual es imposible la existencia de la misma semiosis. Continuum semiótico, completamente ocupado por formaciones semióticas de diversos tipos y que se hallan en diversos niveles de organización. También entendida como un espacio de intersección, a varios niveles, de los lenguajes y de los textos, espacio fuera del cual el sentido es imposible (Finol 2007: 11).

[2] El núcleo duro sería aquella zona de estabilidad y persistencia, mientras que la periferia sería la zona de movilidad y cambio (Giménez 2009: 10).

[3] Cuando nos referimos a No-textos estamos hablando de aquellos textos que aún no han sido semiotizados, mientras que los textos nuevos ya han tenido un proceso de semiotización, codificados y asimilados por la cultura.

___________________________________

Texto original: Paisaje cultural urbano e identitad territorial, 2° Coloquio Internacional RIGPAC, Florencia 2012
ISBN978-88-548-4841-2, DOI10.4399/978885484841262, pag. 803–811 (Julio 2012)

Foto: Azucena Cervantes, Zona Arqueológica de Uxmal, Yucatán.

7 comentarios en “La identidad frente a la globalización. El patrimonio nacional y su significación para las identidades colectivas en México. Una propuesta de análisis.

  1. creo que este es un tema muy amplio y estoy de acuerdo con que contamos una diversidad en realidad muy grande muy extensa rica de distintas lenguas culturas religiones costumbres, formas de vida reglas de vida, asi como me sorprende que tantos grupos de otras naciones imigren a la nuestras o viceversa. pienso que muchos aspectos forman nuestro patrimonio nacional pero las diversas culturas que hoy en dia tenemos creo que son de suma importancia en el forma miento de la cultura nacional. y en lo personal me sorprende cuanto entra la globalizacion en este tema ya que en mas de la mitad del texto se hace referencia es la globalizacion y las culturas, es de suma importancia entender la globalizacion y todas las implicaciones como la politica etc.. todo lo que esta de la mano y estoy deacuerdo en lo que se menciona en el texto sobre que la cultura occidental se trata de imponer como cultura universal.

  2. Gracias por tus comentarios Jorge, con mucho gusto recibiremos tus aportaciones al blog, sólo tienes que mandarnos los textos a nuestro correo electrónico: arkeopatias@gmail.com. También tenemos una revista electrónica que presentaremos próximamente donde podrías participar con nosotros, desde siempre hemos fomentado en este espacio el intercambio y comunicación con nuestros colegas latinoamericanos.

    Saludos y gracias por leernos!

  3. Azucena felicitaciones, tu escrito claro, sustentado y directo como se tiene que decir. Mi país el Perú es un similar en sus orígenes, hoy la cultura sufre los mismos avatares de quienes aprietan el botón de la Globalización las culturas Indígenas o nativas se encuentran socavadas, maltratadas y cabizbajas frente a una bruma de nuevos conceptos y requerimientos de crear una nueva cultura e identidad, el turismo primordialmente arqueológico es puramente comercial dejando de lado de ser un patrimonio e beneficio del patrimonio nacional- beneficio no solo me refiero al económico sino al educativo, social, tecnológico, etc. Soy arqueólogo y escritor con gusto para colaborar contigo y con arkeopatias.
    saludos un abrazo peruano
    Jorge Ruiz Barcellos
    jlr_barcellos@yahoo.es

    1. Hola Jorge, muchas gracias por tus comentarios. En efecto nuestros países son naciones multiculturales que comparten la misma problemática en cuanto a la inclusión (o más bien exclusión) de los grupos indígenas en el discurso oficial, y nosotros como arqueólogos tenemos una responsabilidad, no sólo académica o profesional, sino ética y moral con estas minorías, creando espacios y compartiendo la información que generamos, que a fin de cuentas, debería ser nuestra obligación difundirla a todos los niveles… una contribución para generar o fortalecer la identidad frente a la situación de exclusión y destrucción del patrimonio por los intereses económicos de unos cuántos… es una larga discusión, pero para eso existen espacios como Arkeopatías, para la discusión y la retroalimentación, y qué mejor que con colegas de otras latitudes que nos pueden aportar valiosas ideas y opiniones. Nos dará mucho gusto recibir tus aportaciones. Recibes saludos desde México y gracias por leernos!
      Azucena Cervantes

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