Arqueología de la Arquitectura. Objetivos y propuestas para la conservación del Patrimonio Arquitectónico

Juan Antonio Quirós Castillo

Profesor Titular de la Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea – Arqueólogo.

El objetivo principal de este trabajo será el de explicar -a raíz de experiencias realizadas en Europa en los últimos treinta años- por qué y cómo ha surgido una “disciplina” actualmente denominada arqueología de la arquitectura, sobre qué bases metodológicas y conceptuales se sustenta, y valorar su situación actual. Intentaremos, además, exponer brevemente algunas de las más recientes líneas de trabajo que pensamos que puedan estimular futuros trabajos en el marco de la conservación y valorización del patrimonio arquitectónico.

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I. La Arqueología de la Arquitectura


En principio no resulta sencillo definir de forma unívoca lo que se entiende por arqueología de la arquitectura. El término, acuñado hace ya más de diez años (MANNONI 1990: 28), hace referencia a un conjunto de experiencias e investigaciones realizadas en los últimos treinta años en varios países europeos (esencialmente del Sur de Europa) como resultado de la aplicación de los instrumentos, conceptos y problemáticas de la disciplina arqueológica en el estudio de la arquitectura.


Naturalmente, los arqueólogos se habían ocupado con anterioridad del estudio de la arquitectura, y hay una larga tradición de estudios de arquitectura antigua y postclásica realizados desde la arqueología que se remontan al menos al siglo XIX. Por todo ello puede resultar paradójico, e incluso pretencioso, adoptar una nueva terminología para referirnos a los estudios arqueológicos de la arquitectura.


Sin embargo, solamente en los últimos decenios, se han empezado a emplear ciertos instrumentos (en primer lugar, la lectura estratigráfica de paramentos / alzados) y a plantearse nuevos problemas y ámbitos de investigación hasta entonces desconocidos. Los estudios arqueológicos tradicionales, que han sido definidos por T. Mannoni como “la arquitectura en la arqueología”, se han basado esencialmente en una historia de las formas, de los estilos y de las técnicas empleadas. Además, en buena parte de Europa este tipo de estudios ha sido dirigido esencialmente hacia el período antiguo o grecorromano, dejando de lado amplios espectros cronológicos considerados territorio de los historiadores del arte, no de los arqueólogos.


Por el contrario, la arqueología de la arquitectura actual es una disciplina -o una especialización técnica y temática de la Arqueología (GUTIÉRREZ LLORET 1997: 163)- practicada tanto por arqueólogos como por arquitectos y restauradores que comparten algunos puntos de vista comunes entre los que se pueden señalar esencialmente cuatro:


1. La consideración del edificio como un documento histórico, o mejor aún, como un rico yacimiento histórico y arqueológico. Se trata, además de un yacimiento pluriestratificado, que puede ser analizado con los mismos principios estratigráficos empleados en las excavaciones.

2. La conciencia de que cualquier restauración comporta una destrucción de parte de ese yacimiento, y que por tanto hay que actuar en consecuencia documentando y conociendo el yacimiento para definir proyectos de intervención que integren la doble dimensión del documento arquitectónico.


3. El uso de un conjunto de instrumentos de documentación y análisis de la arquitectura resultado de la aplicación de la arqueología al análisis de la arquitectura, generalmente no destructivos, y que se emplean de forma independiente de su formación.


4. El patrimonio arquitectónico es susceptible de producir conocimientos sobre la sociedad que ha construido y utilizado los edificios. Además, estos datos históricos son tenidos en cuenta a la hora de proyectar la restauración, ya que pueden ayudar a explicar patologías y alteraciones de los materiales que se explican solamente en el contexto de la historia de la construcción.


Volveremos más adelante sobre estos conceptos, pero para poder explicar cómo se ha producido esta mutación, es necesario que hagamos una breve recapitulación de carácter historiográfico, recorriendo las principales etapas formativas de la arqueología de la arquitectura. Para ello tendremos que desplazarnos hasta los años 70 del siglo XX, y más concretamente a Italia, donde se ha formado y consolidado la disciplina, que posteriormente se ha exportado a otros países europeos.

II. Historiografía de la Arqueología de la Arquitectura


Los años setenta representan en la arqueología italiana una fractura muy notable, tanto de naturaleza epistemológica como hermenéutica. En un contexto fuertemente marcado por la afirmación de corrientes de inspiración materialista, se produce un relevo generacional que tuvo como consecuencia directa una reorientación de los temas de trabajo y de las perspectivas de investigación. Entre los fenómenos más significativos que se observan en este período son por un lado, una atención preferente al estudio de la “cultura material”, renunciando al estudio de los restos monumentales y artísticos –pilares fundamentales de la arqueología dominante hasta ese período-; una ampliación cronológica de los límites de la arqueología (que da lugar al nacimiento de la Arqueología Medieval, pero que significativamente se autodenominó arqueología postclásica); y por último, una notable renovación metodológica gracias a la influencia de la mucha más avanzada arqueología anglosajona. Los trabajos de E. C. Harris (1975, 1979), de Philip Barker (1977) y su adaptación al contexto italiano por Andrea Carandini (1981), garantizaron esta renovación y la generalización de la estratigrafía en la arqueología italiana, que prácticamente la desconocía (con excepciones ilustres, como la de Lamboglia).


Es precisamente en este contexto en el que se realizan las primeras experiencias de lo que en un principio se denominó lectura estratigráfica edilicia o de alzados. Los primeros experimentos, ya que como tales hay que considerarlos, se realizaron en la ciudad de Génova, en una colina destruida por la segunda guerra mundial y aún llena de escombros treinta años después. En esta colina, denominada Castello, además de encontrar las fases de ocupación más antiguas de la ciudad, se hallaron los restos de imponentes construcciones postclásicas pertenecientes a varios monasterios, murallas, viviendas, etc.


De forma paralela a las excavaciones extensivas allí realizadas, en las que participó significativamente un equipo de arqueólogos británicos, los excavadores italianos tuvieron la intuición de extender sus lecturas estratigráficas más arriba del nivel de pavimentación, y de estudiar los paramentos con los mismos criterios que se estaban aplicando en esos mismos momentos a otros ámbitos de la cultura material casi desconocidos hasta el momento (en particular la cerámica):


Perciò si intende affrontare il problema globale dei muri medievali, come a suo tempo quello della ceramica, dal suo punto di partenza: una classificazione tipologica regionale basata sul più ampio numero di fattori distintivi, e non soltanto sull’aspetto formale del paramento. Non si vuole con ciò negare completamente l’utilità della valutazione sintetica, “a vista”, generalmente impiegata nella Storia dell’Architettura come componente importante ma non essenziale delle strutture, ma si intende seguire una via analitica più legata ai metodi ed ai problemi della Storia della Cultura Materiale, accettando come utili eventuali convergenze di risultati. (MANNONI 1976)


De esta manera, y de forma empírica y muy intuitiva, se empezaron a experimentar al margen de la arqueología académica y oficial, nuevas estrategias de estudio, y nuevos problemas científicos hasta el momento desconocidos. Ya en los mismos años setenta se publican los primeros diagramas estratigráficos de la colina de Castello, que representan la adopción de la base conceptual desarrollada por E. C. Harris para la arqueología estratigráfica (BONORA 1979).


Este es, indudablemente otro aspecto significativo que ha caracterizado el desarrollo de la arqueología de la arquitectura y sobre el que tendré ocasión de volver; la naturaleza absolutamente empírica de este tipo de lecturas estratigráficas, que no ha precisado ni precisa necesariamente de grandes medios técnicos para su puesta en marcha.


Pero volviendo a estas fases iniciales es cierto que, ya en los años setenta se experimentan con éxito, produciendo importantes resultados científicos, tanto un cuadro interpretativo (la historia de las técnicas constructivas en el marco de la historia de la Cultura Material), como la definición de unos instrumentos (la lectura estratigráfica de alzados).


La riqueza del patrimonio construido medieval y el carácter experimental que caracteriza el nacimiento de esta arqueología “alternativa”, hizo inevitable que se adoptase de forma sistemática y generalizada la lectura estratigráfica de alzados, incluso en contextos en los que no era prevista la realización de excavaciones. Si en primer lugar se experimentó en las ciudades, pronto se empezó a emplear en despoblados, castillos, etc. Esta aceptación de la lectura estratigráfica es la que ha llevado por mucho tiempo a identificar de forma reductiva la arqueología edilicia con la lectura estratigráfica.


Se ha trabajado especialmente en esta línea, intentado codificar y normalizar los criterios de análisis y documentación de la lectura estratigráfica. Se llega así a la definición de la UE de paramentos (1981) como transposición del concepto de UE definido por Harris, y se adoptan otros sistemas de registro derivados directamente de las excavaciones. La UE de paramentos, de la misma manera que la UE está caracterizada por una superficie, un contorno, un volumen, una posición topográfica, una posición estratigráfica, una datación relativa y una cronología.


Pero si hasta entonces solamente se ha hablado de la dimensión histórica y arqueológica de la disciplina, a partir de los años ochenta aparece el último de los componentes que influirá en la formación de la arqueología de la arquitectura. El creciente desarrollo de las lecturas estratigráficas de los edificios condujo inmediatamente a un debate y encuentro directo con los sectores más avanzados de la restauración arquitectónica.


Como puede imaginarse, se trata de un tema complejo, especialmente si hablamos de Italia y de su patrimonio arquitectónico de época moderna y medieval. Los protagonistas de esta arqueología que he querido llamar “alternativa”, dotados de instrumentos y de perspectivas nuevas plantan cara a la práctica habitual llevada a cabo en las restauraciones, en las cuales los arquitectos destruían y transformaban el patrimonio arquitectónico de cualquier característica sin rendir cuentas a nadie.


Escribía en esos años Andrea Carandini:


“Vemos que los arquitectos proyectan (restauraciones) después de haber realizado una lectura genérica y formal (del edificio), de tipo histórico-artístico, que como sabemos se parece a un análisis arqueológico como la astrología a la astronomía… Hubo un tiempo en el que el arquitecto era arqueólogo. Después dejó la arqueología, creyéndose un artista, precisamente cuando la arqueología adquiría el método estratigráfico, que por esta razón no forma parte, como debería ser, del saber de la arquitectura”


O aún,


“El arquitecto restaurador se ha convertido en un cirujano que opera marcianos; conoce las técnicas y procedimientos de la cirugía, pero no sabe si el corazón está en el pecho a la derecha, o en una extremidad o en otro sitio, si es que lo tuviese.” (CARANDINI 1987)


Esta primera fase de experimentación se concluye en el año 1987. En este año es cuando aparecen los primeros trabajos de una cierta entidad de lo que se llamará posteriormente la Arqueología de la Arquitectura. En este año se celebra en Siena un congreso que ha sido definido en varias ocasiones como la “asamblea constituyente” de este disciplina en Italia. No es una casualidad que este encuentro se titule Archeologia e Restauro dei Monumenti, y que adquiera una doble función; por un lado ha servido para definir y normalizar algunos criterios de documentación y conceptos de análisis que aún hoy siguen en gran parte vigentes, pero también ha puesto las bases para un diálogo entre arqueología y la restauración del patrimonio arquitectónico, que siempre ha sido más bien difícil, o incluso conflictivo.


Sin embargo, en este coloquio se encuentran ya las primeras experiencias de aplicación de las lecturas arqueológicas a la arquitectura por parte de arquitectos, y de adaptación a casos específicos, como los protagonizados por F. Doglioni (1987, 1988).


El efecto más inmediato que tuvo la celebración de este encuentro y otros trabajos aparecidos en estos años fueron esencialmente, la multiplicación de los grupos de investigación y la creciente madurez de las experiencias realizadas hasta el momento. Si en los primeros años la arqueología de la arquitectura se ocupó esencialmente de conjuntos arquitectónicos “menores” (arquitectura rural, popular, etc.), a partir de este momento se aplica la lectura estratigráfica a cualquier tipo de construcción, empezando por los monumentales. Pero además, gracias a estas experiencias, la lectura estratigráfica de los edificios –que había sido el elemento principal y casi único de la arqueología de la arquitectura (salvo en Génova)- se adoptó de forma generalizada, constituyendo sencillamente el punto de partida para el análisis arqueológico del edificio y/o para la preparación del proyecto de restauración.


Como consecuencia de estos cambios, en el año 1990 se acuña el término de Arqueología de la Arquitectura, que viene a sustituir a otros empleados hasta el momento (arqueología edilicia; de los alzados, etc.), que no reflejaban sino la heterogeneidad de experiencias precedentes, y la necesidad de llegar a una normalización y codificación terminológica, conceptual y de objetivos.


Durante los años noventa se observa una doble tendencia aparentemente paradójica; por un lado la creciente y cada vez mayor implicación de los arqueólogos en desarrollar una base teórica y conceptual cada vez más amplia, y por otro lado el creciente interés de los arquitectos restauradores por incorporar parte de su bagaje instrumental (pero no conceptual) en los estudios preparatorios de los proyectos de restauración del patrimonio edificado. Los institutos universitarios de arquitectura de Milán o Venecia experimentan formas de adaptación de los instrumentos arqueológicos a la restauración, y empiezan a plantear algunas críticas a los planteamientos desarrollados por los arqueólogos en ámbitos como la integración de la secuencia estática o de alteración y degradación de los edificios en las lecturas estratigráficas, o incluso la complejidad de la lectura estratigráfica a la hora de tener que redactar sus proyectos de restauración.


Con todo, una vez superada la fase inicial de definición de los instrumentos básicos, durante los años noventa se han desarrollado numerosas líneas temáticas de investigación (estudio de las técnicas constructivas, desarrollo de nuevos instrumentos de datación de la arquitectura como la cronotipología y la mensiocronología; el estudio de los ciclos de producción de los materiales, etc.), que han dado lugar a numerosos encuentros y coloquios que regularmente reúnen a arqueólogos y arquitectos.


En el año 1996 se fundó la revista “Archeologia dell’architettura” como órgano de expresión de esta “disciplina autónoma”. Los trabajos que aparecen en esta revista se definen por la metodología y las problemática comunes, pero no por la formación de los autores. Aunque evidentemente existen visiones muy diferentes de lo que es o tiene que ser esta “disciplina”, la arqueología de la arquitectura se imparte ya en numerosas universidades italianas, tanto en facultades de arquitectura como de arqueología, y la arqueología de la arquitectura ha dejado de ser patrimonio exclusivo de los arqueólogos.

Otro aspecto significativo es la aparición en los últimos años de empresas especializadas en arqueología de la arquitectura, que cuentan con un mercado de trabajo creciente, en el que también vemos otra vez integradas las dos disciplinas.


Como hemos dicho hasta el momento, si bien la arqueología de la arquitectura se ha desarrollado esencialmente en Italia, paralelamente se ha “exportado” a otros países cercanos, que cuentan con problemáticas arqueológicas y arquitectónicas similares. Y en primer lugar, ha sido España donde se ha incorporado de forma más temprana el bagaje y la experiencia italiana.


No se realizará en esta ocasión una síntesis sobre la situación en España (CABALLERO ZOREDA, FERNÁNDEZ MIER 1997), ya que de alguna manera sigue muy de cerca la situación italiana a partir de los años 90. Es cierto que las soluciones y las propuestas planteadas por los arquitectos y arqueólogos italianos responden a problemas y circunstancias concretas tanto de la investigación histórica como de la restauración de monumentos en ese país, por lo que en determinadas circunstancias se han reformulado con una cierta originalidad los instrumentos de análisis arqueológico de la arquitectura, como por ejemplo en los sistemas de registro gráfico (la adopción sistemática de la fotogrametría) o de lectura estratigráfica (como por ejemplo en la Catedral de Vitoria).


No obstante, la realidad española presenta aún un notable retraso respecto a Italia en cuanto se refiere al desarrollo de la disciplina.


Los problemas más significativos existentes en España actualmente derivan de la extrema dependencia conceptual y teórica de las experiencias italianas (se reproducen, en menor escala, los reduccionismos que se vivieron con otras “modas” arqueológicas, como la arqueología espacial en los ochenta) el escaso raigambre en la Universidad española de esta disciplina, la impermeabilidad demostrada por los arquitectos restauradores a estas experiencias, y por último, la carencia de instrumentos propios de expresión y de discusión en el ámbito de esta naciente “disciplina”. La inminente aparición de la revista “Arqueología de la Arquitectura” publicada por la Universidad del País Vasco, tendría que ser un revulsivo para ir superando algunas de las deficiencias apenas enunciadas.


III. Evolución reciente de la “disciplina”


Entre las evoluciones más recientes que caracterizan la arqueología de la arquitectura hay que señalar esencialmente dos procesos; por un lado su creciente expansión a otros países europeos (con sus particularidades y adaptaciones); y por otro lado su creciente diversificación temática e instrumental en Italia y en España.


De forma paralela a estas experiencias desarrolladas esencialmente en Italia y en España, también en otros países europeos los arqueólogos, han experimentado nuevas estrategias e instrumentos de estudio de la arquitectura histórica.


Aunque muchos de estos trabajos presenten notables puntos de contacto con la arqueología de la arquitectura, su mayor limitación se deriva del hecho de que aún no han desarrollado lecturas estratigráficas como base de análisis.


1. En algunos casos, como en Francia, la llamada Archéologie du bâti o Archéologie des élévations, ha definido como uno de sus objetivos prioritarios el conocimiento de las fases constructivas de los edificios que analiza. Sin embargo, recurre para ello al estudio de las diferencias de los materiales constructivos (como por ejemplo las argamasas), de las técnicas conar?structivas, o incluso de las marcas de cantería presentes en los paramentos. Aunque en estos últimos años empiezan a experimentarse lecturas que utilizan la lógica estratigráfica en la identificación de las fases constructivas, aún su uso no se ha generalizado.


2. La Bauforschung, desarrollada en Alemania desde los años 80, es el resultado de la aplicación de instrumentos provenientes de la práctica arqueológica en el estudio de los materiales y las técnicas constructivas, así como de la organización del trabajo artesanal. También en este caso, hasta el momento se han desarrollado práctica que podremos definir como pre-estratigráficas.


3. Curiosamente la situación es bastante parecida en Inglaterra. Si bien la arqueología británica ha constituido una referencia indispensable para la renovación metodológica inicial, solamente se han continuado aplicando de forma sistemática la lectura estratigráfica a arquitectura integradas en yacimientos o en conjuntos sujetos a procesos de excavación. En los años 90 han surgido varios grupos que practican la denominada Building Archaeology, que cuestiona la legitimidad de aplicar los principios estratigráficos a los edificios, y que ha llevado a cabo importantes experiencias de forma puntual.

Por lo que se refiere al segundo de los aspectos, ya se ha señalado que el pilar fundamental sobre el que se realizaron las primeras experiencias fue el de la lectura estratigráfica de los alzados. Sin embargo, con el desarrollo de nuevas investigaciones, la “disciplina” se ha ido dotando de nuevos instrumentos de análisis, sobre todo en el ámbito de la datación de la arquitectura, y además ha formulado nuevas problemáticas históricas y arqueológicas hasta ahora inéditas.


La evolución más reciente de la arqueología de la arquitectura en Italia (BROGIOLO 1996) –y por reflejo, también en España- está condicionada esencialmente por las propias circunstancias científicas de ambos países. Por un lado, los arqueólogos de la arquitectura han desarrollado modelos interpretativos basados esencialmente en la historia social de la producción, analizando los ciclos productivos y las formas de control social sobre estos mismos procesos productivos. Hasta el momento, esta arqueología “transversal”, en cuanto supera la clásica división en ámbitos cronológicos, se ha aplicado esencialmente al mundo medieval y moderno, y contribuye de forma decisiva a estudiar fenómenos como el de la feudalización, o el análisis de la arquitectura altomedieval (CABALLERO ZOREDA 1997).


Paradójicamente, es sin embargo, en el ámbito de las restauraciones donde se observa un mayor dinamismo de la disciplina. Por un lado, el estudio histórico de los ciclos productivos promueve la valorización y la reconstrucción de los conocimientos empíricos tradicionales que la cultura moderna ha definitivamente eliminado. Por eso, varios grupos de trabajo indagan sobre la historia de la técnica, estudiando las formas de producir materiales y de construir de las cuales no nos ha llegado ninguna noticia.


Por otro lado, los arquitectos restauradores intentan adaptar los instrumentos de análisis y lectura estratigráfica a sus propias necesidades, orientadas esencialmente a la redacción de los proyectos de intervención. La arqueología de la arquitectura se ha convertido en un potente instrumento de evaluación de la dimensión histórica de los edificios, pero también de instrumento de proyectación. Por ello se han experimentado nuevos sistemas de diagramas estratigráficos simplificados, en los que se de entrada a los fenómenos de alteración y degradación del patrimonio, se ha planteado nuevos instrumentos de documentación o incluso se han redefinido conceptos como la UE de paramentos.


Sin embargo el mayor peligro está representado por el “totalitarismo estratigráfico de quien ha considerado el medio (el análisis estratigráfico) por el fin (el conocimiento del edificio” (BROGIOLO 1997: 181), o bien por el reduccionismo que se puede observar en las más recientes aportaciones de los arquitectos, que desvirtúan completamente la dimensión histórica de la “disciplina”:


Estas tendencias, en muchas ocasiones contrapuestas, se reflejan en la existencia de un importante número de “escuelas” y equipos, que comparten instrumentos comunes (la lectura estratigráfica de alzados, los métodos de datación), pero no los objetivos, puesto que el fin último de ambas disciplinas son bien distintos.


Esto genera, evidentemente, fricciones, desencuentros y un debate muy vivo que, en última instancia, ha tenido como resultado lo que G. P. Brogiolo ha llamado la pérdida de la inocencia, parafraseando el concepto de D. Clarke (1973), ya que ha obligado a todos a replantearse de forma crítica los conceptos, planteamientos e instrumentos que se emplean en las restauraciones del patrimonio edificado. El mismo autor lo resume de la siguiente manera:


“(hay) que analizar desde distintos puntos de vista el gran archivo de informaciones que es la arquitectura histórica, un paciente que, en muchos contextos históricos italianos, y especialmente en aquéllos menores, se encuentra en el estadio terminal de su existencia, agredido por la incultura de quien lo quiere sencillamente eliminar o por la falsa cultura de quien, queriendo salvarlo, elimina su valor histórico” (1996: 11)


Después de haber analizado la situación europea de la “disciplina”, dedicaremos la segunda parte de nuestra intervención a analizar de forma más específica los aspectos instrumentales de la arqueología de la arquitectura, para que a continuación planteemos algunas líneas recientes de trabajo, que esperemos que puedan generar nuevas investigaciones.


IV. Aspectos instrumentales: de la estratificación a la estratigrafía de los alzados


El primer aspecto que tendremos que analizar es el de la lectura estratigráfica de los alzados. Esencialmente, tres son las fases esenciales en las que podemos articular una lectura estratigráfica:


1. la definición de las UE de paramentos, su documentación y la redacción del diagrama estratigráfico


2. la datación absoluta de la secuencia relativa a través del empleo de los llamados indicadores cronológicos


3. la interpretación histórica de la secuencia y definición del proyecto de restauración.


Los arqueólogos que hayan seguido esta explicación se habrán dado cuenta que todo el proceso hasta ahora enunciado es el mismo que aplicamos en el caso de las excavaciones. De hecho, son muchos los paralelos existentes, aunque tampoco hay que desdeñar las notables diferencias existentes.


Para realizar una lectura estratigráfica es necesario distinguir, en primer lugar, las partes constructivas homogéneas, y delimitar su contorno en función de los materiales, las técnicas constructivas, sus dimensiones, etc.


Una vez aislados los distintos componentes presentes, se definen las relaciones estratigráficas de anterioridad, posterioridad o contemporaneidad existente entre ellas. Todas estas relaciones, que definen la cronología relativa existente entre todas las acciones constructivas, se representan posteriormente en un diagrama estratigráfico (matrix harris), en donde se encuentran en la parte inferior las actividades constructivas más antiguas, y en la superior las más recientes.


Ahora bien, es importante subrayar que el proceso de reconocimiento de las UE y de sus relaciones no se establece de la misma manera durante la excavación, cuando se destruyen las UE, respecto a la lectura de alzados, que normalmente no es destructiva. Esto es positivo, puesto que la lectura y sus interpretaciones pueden ser revisables y verificables en cualquier momento, pero plantea asimismo una serie de limitaciones.


Para algunos autores como el arquitecto F. Doglioni, esta imposibilidad de “excavar” y destruir el edificio, no permite obtener un diagrama “completo”, por lo que según este autor, la lectura estratigráfica de las construcciones “tiene que aceptar de forma consciente que su objetivo no puede ser más que el de obtener un conocimiento parcial de la estratificación existente” (1997: 49). Otros autores van más allá, y cuestionan completamente cualquier posibilidad de realizar un análisis estratigráfico en ausencia de una verdadera destrucción de los edificios (“Sans aller jusqu’à une fouille véritable des murs, l’étude architecturale ne dépasse le stade des observations élémentaires ou purement stylistiques”) (ESQUIEU 1997: 133; BONELLI 1986).


Pero sin acudir a relativismos absolutos, si es cierto que hay que señalar que hay diferencias entre los procesos de excavación y de lectura estratigráfica de alzados que residen esencialmente en el mismo procedimiento analítico de lectura. Cuando realizamos una excavación, destruimos el depósito arqueológico, y deducimos a partir de la observación directa de las relaciones existentes entre las distintas UE una secuencia de ocupación.


Sin embargo, cuando realizamos la lectura estratigráfica de un edificio no podemos emplear un procedimiento deductivo, sino inductivo, en cuanto no podemos obtener una secuencia a partir de la observación directa de las interfaces. Es por ello que I. Ferrando identifica la lectura estratigráfica, no tanto con una excavación arqueológica, como con la lectura de una sección expuesta que no podemos excavar.


Evidentemente nadie cuestiona la validez de la secuencia estratigráfica presente en una sección, pero lamenta la dificultad de no poder excavar en extensión.


Este tipo de lecturas estratigráficas precisa de un sistema de documentación gráfica y escrita normalizada, de forma análoga a la empleada en cualquier análisis arqueológico. En este caso, la redacción del soporte gráfico precede la lectura, y en sí misma constituye un momento de gran importancia en el estudio de la arquitectura. Por ello es tan recomendable que la realización de la documentación gráfica sea realizada por la misma persona que realizará la lectura estratigráfica, de la misma manera que un arqueólogo no puede dirigir e interpretar de forma adecuada una excavación visitando el yacimiento una vez por semana, o no se puede restaurar un edificio de forma satisfactoria desde un estudio lejano de la construcción.


Creo que es importante decir que existen muchos medios para realizar la documentación gráfica, y aunque la disponibilidad de medios técnicos adecuados puede agilizar y automatizar el registro gráfico, recurriendo por ejemplo a la fotogrametría, cualquier sistema de representación gráfica será válido si se ajusta a las necesidades que nos prefiguremos. Dicho de otra manera, la calidad del análisis arqueológico no es directamente proporcional a la precisión de la representación gráfica utilizada.


Por lo que se refiere al sistema de registro escrito, se han definido y experimentado numerosos modelos de ficha normalizada, que recogen datos relativos esencialmente a la ubicación de la UE de paramentos, las características de los materiales y las técnicas constructivas empleadas, su posición estratigráfica y su interpretación.


Sin embargo, se han experimentado otros sistemas de registro jerarquizados, en función del objeto de estudio estratigráfico. No podrá analizarse y documentarse de la misma manera un entero casco histórico cuando prepararnos un plan de urbanismo (cuando la unidad de referencia esencial será el CF), que un complejo arquitectónico o solamente una pared. Por ello se han adoptado sistemas de registro variado, y se ha introducido la ficha de archivo veloz, que permite simplificar las fases de descripción (no es una casualidad que este tipo de ficha sea casi el único empleado por los arquitectos), pero sin desdeñar la documentación exhaustiva de las relaciones estratigráficas.


Una vez realizada la lectura estratigráfica, apoyándose en los soportes gráficos y escritos, es posible (siguiendo el proceso de análisis arqueológico de cualquier yacimiento), pasar a la redacción del diagrama estratigráfico. Como sabemos, el siguiente paso es el de la periodización del diagrama, que nos permite definir las fases constructivas presentes en un determinado edificio.


Ha llegado, pues, la hora de datar de forma absoluta la secuencia relativa identificada. En las excavaciones, son los objetos arqueológicos presentes dentro de las UE los que permiten fechar la secuencia. En el caso de la arqueología de la arquitectura el procedimiento es algo más complejo, esencialmente por el desconocimiento que tenemos aún de las culturas constructivas pasadas, y por la rareza de objetos que, como los epígrafes, ofrecen de forma autónoma dataciones absolutas. Es por ello que la arqueología de la arquitectura ha desarrollado un conjunto de instrumentos, denominados “indicadores cronológicos” (MANNONI 1984), que permiten precisamente fechar las distintas fases constructivas halladas a partir de la lectura estratigráfica.


Cuando queremos fechar un edificio “de prestigio”, como una iglesia, un palacio u otros, es bastante probable que se conserven documentos escritos o que hayan sido realizados epígrafes celebrando su construcción o consagración, o incluso es probable que desde planteamientos estrictamente estilísticos se puedan fechar algunos elementos significativos.


Sin embargo, es mucho más arduo poder fechar aquéllas construcciones “populares” o viviendas menos nobles, que son precisamente las construcciones más numerosas, más frágiles y más sujetas a una pérdida sistemática de información histórica, puesto que consideradas carentes de valor estético. Solamente en raras ocasiones podremos recurrir a las fuentes antes mencionadas, o emplear costosos análisis arqueométricos para fechar sus materiales constructivos (14C, TL, dendrocronología, etc.). Corremos el riesgo, pues, de eliminar una vez más de nuestra historia a aquellos grupos que los historiadores llaman “sociedades sin historia”, o de destruir los vestigios de sus construcciones.


Es por ello por lo que la arqueología de la arquitectura, a partir del estudio de los ciclos de producción y de trabajo tradicionales, intenta identificar las formas de construir y sus variaciones históricas, para poder fechar estas construcciones. No pudiendo conocer de primera mano las formas de construir y sus variaciones en el tiempo, puesto que los conocimientos de los artesanos “tradicionales” se transmitían de forma oral y solamente en pocas ocasiones han sido codificados en forma de manuales o tratados, es preciso reconstruir de forma empírica e incluso experimental estas informaciones. Este tipo de indicadores cronológicos son, además, los más económicos, rentables y precisos disponibles dentro del ámbito de la arqueología de la arquitectura.

Uno de estos instrumentos es el de la llamada “mensiocronología” (esto es, la posibilidad de poder fechar un conjunto de materiales constructivos a partir de sus dimensiones), que se ha desarrollado, por ejemplo en el caso de los materiales producidos en serie, como los ladrillos.

Otros instrumentos son las tipologías realizadas con el fin de establecer las variaciones morfológicas de determinados elementos arquitectónicos con el paso del tiempo, denominadas cronotipologías. El caso por ejemplo de la morfología de las puertas o ventanas, o de los balaustres empleados en escaleras y balcones.


Asimismo, el estudio del abastecimiento de materiales constructivos puede convertirse en un indicador cronológico muy preciso. El ejemplo de las argamasas de Génova o de la serpentinita de Siena, explotada por el monasterio de Montespecchio, en Murlo durante un período muy breve de tiempo (PARENTI 1995: 394).


Cuando hemos fechado las distintas fases constructivas es posible pasar a la última fase del proceso de análisis arqueológico, representado por la interpretación y la definición del proyecto de restauración.

No vamos a recorrer en esta ocasión las temáticas históricas y arqueológicas desarrolladas en los últimos años en Europa, sino que nos limitaremos a plantear uno de los problemas operativos más frecuentes surgidos al final de este proceso de análisis arqueológico: la integración entre los datos producidos por la lectura estratigráfica en la redacción del proyecto de restauración. Y es precisamente en esta fase de trabajo en la que los arqueólogos y los arquitectos separan sus caminos. El arqueólogo, que ha suministrado informaciones sobre la secuencia estratigráfica y la historia del edificio, normalmente queda apartado, ya que ahora será responsabilidad exclusiva del arquitecto proyectar e intervenir sobre el edificio. De alguna manera se reproduce una práctica común en la arqueología de intervención; la servidumbre del conocimiento histórico a la creatividad del restaurador.


Frente a esta situación, los arqueólogos de la arquitectura han demandado una mayor corresponsabilidad en la conservación e intervención sobre el patrimonio edificado, esencialmente en lo que se refiere a las intervenciones destructivas que comporta cualquier restauración. Las construcciones históricas son organismos vivos y la propia labor restauradora no es sino una intervención antrópica voluntaria en la estratigrafía vertical de un yacimiento, con aportación y extracción de materiales. Asimismo, la apreciación del significado histórico de una determinada construcción debe ser una valoración social, en la que intervengan más puntos de vista y criterios que los del arquitecto.


Estas posiciones han generado nuevamente fricciones, que se han saldado de formas muy distintas. Por ejemplo, el proyecto de restauración de la Catedral de Santa María de Vitoria está codirigido por arquitectos y un arqueólogo; la empresa Laira (Laboratorio di Archeologia, Ingenieria, Restauro e Architettura) de Brescia, dirigida por un arqueólogo pero en la que se encuentran arquitectos, realizan proyectos de restauración a partir de las lecturas estratigráficas realizadas con anterioridad; en cambio la empresa Y de Génova, formada exclusivamente por arquitectos y geólogos asesora a otros arquitectos restauradores, pero no proyecta intervenciones.


Por último, es importante decir que el proceso lineal y más o menos rígido descrito con anterioridad no siempre es el elegido, especialmente cuando se abordan problemáticas estrictamente arqueológicas. Es el caso, por ejemplo, del estudio de técnicas constructivas de un determinado período o territorio de forma extensiva.


Evidentemente en estos casos la lectura estratigráfica precede cualquier proceso de documentación, pero la lógica organizativa del trabajo prioriza otros criterios de registro y análisis. Estas diferencias pueden paragonarse con las existentes entre la excavación y la prospección de un territorio.


V. Conclusiones


No querría concluir este texto sin subrayar algunos aspectos que ya han sido planteados, pero que creo que sean elementos portantes de esta “disciplina”:


1. En primer lugar hemos de tener presente la responsabilidad histórica que tenemos con las generaciones futuras de garantizar la preservación de nuestro patrimonio cultural tanto desde un punto de vista material, como de sus significados y valores. Y el arqueólogo, como profesional de la “memoria” que es, no puede encerrarse en sus limitados agujeros y cerrar los ojos ante el drama cotidiano de la destrucción de la arquitectura histórica. Es evidente que es imposible conservar todo, y una posición extremista nos puede llevar a perder todo. Sin embargo, si es necesario e imprescindible documentar todo lo que se destruye o se modifica, o sencillamente es como si nunca hubiese existido. Además, la generalización de sistemas de análisis y registro como los que nos plantea la arqueología de la arquitectura nos puede llevar a conservar de forma parcial, pero responsable, decidiendo con criterios cuantitativos y cualitativos que es lo que hay que salvar.


2. Por otro lado resulta evidente el papel de la arqueología de la arquitectura en la creación de documentos históricos, de manera que constituye un instrumento de gran importancia para replantearse importantes capítulos de la historia de las sociedades europeas. De hecho la arqueología de la arquitectura abre nuevos caminos para conocer la arquitectura “menor” o popular y a través de ella rescatar los grupos “sin historia”, tanto por poner un ejemplo. La historia social de la técnica es otro modelo de referencia para reconstruir las relaciones sociales de producción en torno a una actividad productiva que ha tenido, tras la agricultura y la ganadería, el mayor protagonismo en la Europa preindustrial según Le Goff.


3. Pero siendo fundamental su base histórica y científica, “la arqueología de la arquitectura tendrá fututo en la medida en la que resulte rentable para los proyectos y los objetivos de los propios arquitectos” (AZKARATE, GARCÍA CAMINO, 1996: 145). Las informaciones que proporciona la lectura arqueológica de los edificios, aprovechadas de forma inteligente, se convierten en un instrumento de gran utilidad para proyectar las restauraciones de forma responsable. Ejemplos como los del proyecto de restauración de la Catedral de Santa María de Vitoria, aún no siendo frecuentes, demuestran la validez de este tipo de planteamientos.


4. Por último, otro aspecto importante que creo que hay que tener en cuenta es la necesidad de experimentar y construir la “disciplina” de forma cotidiana. La intuición y el rigor metodológico son instrumentos necesarios para “inventarse” indicadores cronológicos, optimizar los recursos necesarios para realizar lecturas estratigráficas y arqueológicas, teniendo en cuenta que no son necesarios medios ingentes para obtener resultados de gran relevancia, tanto en términos de historia social como de historia constructiva aplicada a las restauraciones.


Termino, pues, citando a uno de los más importantes arqueólogos europeos, Andrea Carandini, que hace bien poco escribía:


“Liberémonos pues de las utopías inútiles, busquemos mínimos comunes denominadores en el proceder de la investigación y que una inteligente práctica, hecha de normas y de intuiciones, reine en las excavaciones (y en la arquitectura)” (CARANDINI 1997: 276).


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Para leer más…

1.- Bases teórico-metodológicas para una Arqueología de la Arquitectura / Patricia Mañana Borrazás, Jorge Miguel Ayán Vila, Rebeca Blanco Rotea En: TAPA: traballos de arqueoloxía e patrimonio, ISSN 1597-5357, Nº 25, 2002, pags. 12-101


2.- Arquitectura como tecnología de construcción de la realidad social / Jorge Miguel Ayán Vila En: Arqueología de la arquitectura, ISSN 1695-2731, Nº. 2, 2003, pags. 17-24


3.- Manejos espaciales, construcción de paisajes y legitimación territorial : en torno al concepto de monumento / Francisco Miguel Gil García En: Complutum, ISSN 1131-6993, Nº 14, 2003, pags. 19-38


4.-Arquitectura como construcción estratificada / Rebeca Blanco Rotea
En: Arqueología de la arquitectura, ISSN 1695-2731, Nº. 2, 2003, pags. 55-62.

5.- La arqueología y el arquitecto : la restauración como proceso histórico / Oscar Reinares Fernández En: Jornadas sobre arqueología, historia y arquitectura : criterios de intervención en el Patrimonio Arquitectónico : Logroño, del 2 al 4 de diciembre de 1999 / coord. por Juan Manuel Tudanca Casero, 2001, ISBN 84-95747-07-, pags. 35-56.


6.- Arquitectura como tecnología de construcción de la realidad social / Jorge Miguel Ayán Vila En: Arqueología de la arquitectura, ISSN 1695-2731, Nº. 2, 2003, pags. 17-24.

7.- Monumento y yacimiento arqueológico : definición, aproximación y estudio / Juan Manuel Tudanca Casero En: Jornadas sobre arqueología, historia y arquitectura : criterios de intervención en el Patrimonio Arquitectónico : Logroño, del 2 al 4 de diciembre de 1999 / coord. por Juan Manuel Tudanca Casero, 2001, ISBN 84-95747-07-, pags. 11-34.


8.- La arqueología de la Arquitectura y su creciente generalización : algunos problemas de método, ejecución y organización / José Ignacio Murillo Fragero, Leandro Sánchez Zufiaurre En: Arqueología de la arquitectura, ISSN 1695-2731, Nº. 3, 2004, pags. 123-124 Comentario realizado por Abentofail. 14/2/07 3:07h.


9.- Una experiencia en Arqueología de la Arquitectura / Luis Caballero Zoreda En: Arqueología de la arquitectura, ISSN 1695-2731, Nº. 3, 2004, pags. 127-142.


10.- La aplicación de la arqueología de la arquitectura a un complejo productivo : el valle salado de Salinas de Añana (Alava) / Alberto Plata Montero En: Arqueología de la arquitectura, ISSN 1695-2731, Nº. 2, 2003, pags. 241-248.


11.- Un método de prospección en Arqueología de la Arquitectura : la arquitectura medieval “invisible” / Leandro Sánchez Zufiaurre En: Arqueología de la arquitectura, ISSN 1695-2731, Nº. 3, 2004, pags. 185-197.

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13.- Arquitectura y arqueología medieval : bases para una discusión sobre el caso de Granada / Antonio Malpica Cuello En: Arquitectura y arqueología medieval / coord. por Juan Cañavate Toribio, 2001, ISBN 84-607-2711-4, pags. 15-32.


14.- Arqueología y arquitectura : de las estratigrafías de las fábricas de ladrillo a la reintegración de la imagen / Francisco Javier Gallego Roca En: Arquitectura y arqueología medieval / coord. por Juan Cañavate Toribio, 2001, ISBN 84-607-2711-4, pags. 91-112.


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19.- Después del Imperio romano y antes del año mil : morfología urbana, técnicas constructivas y producciones cerámicas / Agustín Azkarate Garai-Olaun, José Luis Solaun Bustinza En: Arqueología de la arquitectura, ISSN 1695-2731, Nº. 2, 2003, pags. 37-46.


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