Energética Arquitectónica

Por Totochtli

ENERGÉTICA ARQUITECTÓNICA

[Crítica al artículo “La construcción de las grandes pirámides de México” de Elliot M. Abrams en la Revista Arqueología Mexicana No. 101 enero-febrero 2010]

El Dr. Abrams de la Universidad de Ohio nos plantea en su artículo la pregunta: -con cierto sesgo de prejuicio disfrazado de asombro- “¿Cómo pudieron imaginar semejantes obras pueblos que solamente contaban con herramientas de piedra y madera, y con su fuerza de trabajo?” Su respuesta se basa en una esfera denominada por él energética arquitectónica, que según sus palabras tiene como objeto “determinar los costos humanos invertidos en la construcción”.

La metodología utilizada por el Dr. Abrams empieza primeramente con un levantamiento arquitectónico del edificio en el que se incluyen los materiales empleados y la información arqueológica existente. El siguiente paso es calcular el volumen de material bruto ocupado (piedra, madera, tierra) para llegar a un aproximado del total de los materiales utilizados. Hasta ahí no hay ningún problema, es una simple operación aritmética, sin embargo, es más adelante donde empiezan las dificultades a mi parecer, ya que se tiene que determinar cuanto tiempo tomó realizar cada una de las tareas necesarias para la construcción, desde la obtención de los materiales, su traslado, trabajo y la construcción de la estructura en sí, según la secuencia propuesta por el autor. Para conseguir el éxito en esta empresa debió existir una organización bien estructurada y eficiente, encabezada -por supuesto- por el arquitecto de la realeza. Aunque esta imagen resulta halagadora para el gremio, presupone muchas cosas no demostradas por la arqueología en América, como la existencia de un personaje equivalente a lo que es ahora un arquitecto, encargado de la planeación de todos los trabajos de construcción en las ciudades mesoamericanas. Al leer esta propuesta, no puedo evitar pensar en la analogía con Imhotep, el arquitecto constructor de la pirámide escalonada de Saqqara, para el que sí existen referencias históricas a diferencia de este lado del mundo.

Después nos dice que las tareas debieron planearse en las épocas de sequía, en la que no se está trabajando en la agricultura. Esta visión deja completamente de lado la posibilidad de que existieran grupos especializados en la construcción de tiemplo completo, como sucede con otras actividades en las sociedades complejas en Mesoamérica.

Para determinar la cantidad de tiempo invertido en la construcción la energética arquitectónica utiliza el factor días-hombre [D-H][1], que se obtiene mediante el registro de los trabajos durante la restauración de las estructuras -principalmente mayas- y algunos experimentos hechos, por ejemplo, con canteros modernos, donde se registran los días empleados en cierta tarea[2]. Esto sumado al acopio de los materiales, da como resultado mediante una operación relativamente sencilla el costo aproximado en D-H necesario para la construcción de un edificio prehispánico. El autor nos da algunos ejemplos, para una estructura doméstica se debieron ocupar entre 50 y 100 D-H, los palacios de Palenque 30,000 D-H y para la Pirámide del Sol asciende a millones de D-H, es decir, debió requerir miles de obreros durante diez años, aproximadamente el 10% de la población (10,000) si se piensa que había 100,000 habitantes para el momento de su construcción, trabajando únicamente en periodos de sequía.

Estoy en desacuerdo con varios puntos de la metodología utilizada en estos estudios, en primer lugar supone la edificación de las estructuras prehispánicas como un fenómeno mecánico relativamente sencillo en el que los trabajadores no son más que autómatas perfectamente entrenados para hacer las mismas tareas en el mismo tiempo durante largos periodos, sin disminuir su rendimiento a pesar de cualquier agente externo que impida o complique el programa previamente establecido[3], quienes hemos participado en la construcción sabemos que pensar que no existirán los imponderables es, por decir lo menos, utópico. Aventurarnos a plantear cantidades de tiempo en obras de tal magnitud como la Pirámide del Sol, con una simple multiplicación en el sentido de “si un cantero tarda 2 días en terminar una escultura de Quetzalcóatl, ese mismo cantero tardaría 730 días en hacer las 365 que tendría el templo del mismo nombre” o visto desde otro ángulo “730 canteros tardarían 2 días en hacer las mismas 365”, me parece arriesgado. En el segundo caso implica entre otras cosas, la disponibilidad total de herramientas de trabajo para los 730 canteros (siguiendo nuestro ejemplo) así como el material suficiente y suministrado sin retrasos al taller de manufactura, la cantidad de alimento necesario para mantener a 730 canteros implicaría otras personas dedicadas a labores complementarias a la construcción, etc. Finalmente no estoy diciendo que este escenario no sea posible, sino que la metodología utilizada puede reducirse a una relación inversamente proporcional en la que tenemos por un lado el factor tiempo y por otro el número de personas ocupadas. Está relación se enunciaría así “a mayor cantidad de trabajadores, menor tiempo de construcción y a menor número de trabajadores, más tiempo invertido”. Este elemental ejercicio lógico, a pesar de los esfuerzos informáticos de la Escuela de Administración de Ohio, no nos responde con certeza lo que pretende, porque las variables que maneja son insuficientes y tratadas superficialmente, mucho menos puede explicarnos aspectos sustanciales de la sociedad mesoamericana.

No estoy diciendo con esto que la arquitectura no sea valiosa como indicador material de cierta cultura, por el contrario, estoy convencido que antes como ahora el proceso de edificación debió ser una parte muy importante en el complejo entramado social de cualquier asentamiento humano a cualquier escala, y de ella podemos obtener información valiosa sobre las personas que la produjeron. Sin embargo, en mi punto de vista, aún falta mucho camino por recorrer.*


[1] Abreviatura mía

[2] El autor no especifica si utilizaban herramientas similares a las que pudieron existir en la época prehispánica o con herramientas metálicas modernas.

[3] Aquí pongo en duda el enfoque antropológico empleado por los arqueólogos que Abrams dice utilizan la esfera energética arquitectónica

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