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Algunas notas sobre el Patrimonio Arqueológico en México y Latinoamérica

Nada me han enseñado los años

siempre caigo en los mismos errores

otra vez a brindar con extraños

y a llorar por los mismos dolores.

José Alfredo Jiménez

*

Por Yarima Merchan Rojas

No somos ajenos al espinoso medio en que vivimos, globalizador y simulador de progreso, en donde nuestro oficio como antropólogos es constante contradictor frente al manejo político, económico, religioso y mediático de nuestros inquietantes tiempos. La poca concientización sobre los valores de nuestro patrimonio cultural y la falta de intenciones políticas de reconocerlos, no permiten protegerlo e incorporarlo a las dinámicas sociales de forma educativa y productiva, alejada de los sólo intereses comerciales, turísticos u ornamentales. Las partidarias y mediocres políticas públicas brindan un panorama nublado, nuestra cotidianeidad es permanentemente agredida por grupos de poder que pretenden imponer sus parciales visiones de la realidad, y que ayudados por nuestras enajenadas conciencias, pretenden pisotear toda memoria histórica y cualquier arrebato de emancipación de las diferencias, afortunadamente no siempre lo logran.

Latinoamérica en particular no brinda condiciones favorables para la investigación  antropológica, mucho menos si se trata de la arqueológica, cuyos costos parecen mayores. Los presupuestos gubernamentales destinados a la investigación cultural finalizan una larga lista encabezada hoy por las falaces y míticas guerras posmodernas contra el terrorismo o el narcotráfico, y por el mantenimiento de un aparato estatal de antaño cuyo engranaje y óxido no van al paso de las nuevas realidades.

Es de notar sí que aun cuando cotidianamente las políticas estatales dejan en último plano los asuntos relacionados con la investigación histórica y cultural, así como la preservación del patrimonio cultural, se destinen incalculables presupuestos para el festejo de los bicentenarios de independencia, eventos que exaltan un pasado lleno de héroes e historias gloriosas de naciones independientes dignas de tan magnificas celebraciones. Es curioso que en México, por ejemplo, este sentido de identidad nacional es festejado en torno a la grandiosidad de un pasado indígena notable en la majestuosidad de su patrimonio arqueológico, en la monumentalidad de sus construcciones prehispánicas y artísticas, mientras que, por otro lado, se discrimina, margina o menosprecia a los herederos vivos de esta historia, es decir, a los muchos grupos indígenas que viven en gran parte del territorio nacional.

La antropología como constructora de identidad y memoria nos ha mostrado la importancia de la subjetividad en el análisis de los acontecimientos, hemos sido capaces de ver que grupos como los indígenas, los campesinos, los inmigrantes ilegales u otros grupos marginados y gran parte de la población en nuestro país, tienen sus propias historias, y que éstas no coinciden con las historias oficiales bañadas de gloria.

Por otro lado, sabemos también que el “progreso” o las maravillas de la ciencia son armas de doble filo si no se sustentan en un crecimiento social equilibrado y hasta cierto punto consciente de las realidades subjetivas. En este panorama se han vislumbrado dos posturas, la primera que persigue exaltar la importancia de los elementos culturales propios, de nuestras costumbres y tradiciones por encima del tsunami cultural globalizador del neoliberalismo. Apegados a estas ideas y contrarrestando la pérdida de algunos elementos culturales propios, hay quienes los intentan reproducir o mantener enfrentándolos contra ciertos elementos de la modernidad, demeritando algunos de los avances tecnológicos modernos o a las costumbres venidas de otros lugares.  Hay en esta posición un discurso que no difiere de algunas posturas radicales. Otra postura tiene que ver más con visualizar nuestra realidad como un conjunto de fenómenos culturales cambiantes, integrada por personas y grupos que de manera directa o indirecta enfrentamos estos procesos, que tenemos pérdidas importantes pero también ganancias culturales. Me parece que el problema fundamental es cómo lograr que todos seamos conscientes de este tsumani, de sus causas y sus consecuencias en nuestras realidades y de cómo aprovechar los avances tecnológicos en favor del rescate o la incorporación de esas otras historias o realidades.

Los historiadores, antropólogos y arqueólogos valoramos principalmente al pasado como instrumento de aprendizaje, integramos nuestras construcciones, derrumbes y reconstrucciones históricas a la trama de acontecimientos, personajes, azares, necesidades, errores y vacíos que forman las historias humanas. La investigación arqueológica no es más que otro testimonio, una fuente que mediante el estudio de materiales arqueológicos añade fichas al rompecabezas histórico. En una realidad dónde cada quien las valora los bienes arqueológicos de formas distintas (como mercancías, objetos de adorno, piezas de museo, objetos que enarbolan identidad o nacionalismo o piedras viejas sin valor alguno) es dónde cobran importancia para nosotros, como objetos activos que tienen un significado social y que son utilizados con diversos fines. En la mayoría de los casos, el patrimonio arqueológico se ha definido como un conjunto de bienes culturales estáticos, ajenos a los grupos sociales y a sus intereses, dejando de lado la causalidad misma de su existencia y su dinámica social.

Otro acercamiento que tenemos con estos objetos arqueológicos, es el práctico, es la eterna lucha por conseguir recursos para la investigación, y la tarea de protegerlos de las garras capitalistas y manipuladoras, que desde sectores públicos o privados, ven a nuestras herencias culturales como simples mercancías, o como coyunturas operantes para la fabricación de falsedades lejanas a su valor histórico. Materiales, tradiciones y legados culturales tambalean en estas arenas, en donde la modernidad no funciona como instrumento de integración o mejora, sino como una máquina aplanadora y desenfrenada que nos obliga a correr teniendo que elegir entre cargar con nuestras herencias culturales, o con nuestro pobre e instrumental arsenal de sobrevivencia. Un investigador social encuentra en Latinoamérica una serie de dificultades solamente comparables con nuestras riquezas culturales. En este panorama, hurgar en el pasado parece meritorio, ese devenir histórico humano podría reivindicar luchas y reflexiones consumadas. Si intentamos conocer nuestra realidad quizá podamos mejorarla. Se trata (de) analizar lo que somos como sociedad, lo que hemos construido y derrumbado, y de, en lo posible, no “llorar por los mismos dolores”.

“Los curanderos y la transmisión de sus capacidades, poderes o dones”